viernes, 10 de septiembre de 2010

Simplemente Polo Campos

En Augusto Polo Campos conviven un macho primitivo y un compositor genial. Dos facetas que combinadas hacen de él  un personaje insólito. Autor de algunos valses sensibleros y otros magistrales, responde con picardía y rapidez. Es un patriota exagerado, un histrión que se emociona con facilidad e intercala la conversación con sus canciones y sus versos improvisados.

Fotos: David Vexelman
De verborragia incontenible y ego desbocado mantiene a sus casi ocho décadas una sorprendente habilidad para crear versos en pocos minutos. Quienes lo conocen a fondo dicen que detrás del hombre  ameno e ingenioso hay un ser terco con el que no es fácil llevarse bien. Esa personalidad  belicosa y arrogante le ha valido no pocas antipatías, pero nadie puede negar su talento.
Vestido con un buzo de polar que podría ser también pijama, nos abre la puerta de su casa mientras  habla por teléfono. Al otro lado de la línea, comenta poco después, está su amigo Luis Postigo desde España. Le está haciendo escuchar Contigo Perú  interpretada por un grupo español.  Polo luce henchido de orgullo y sus ojos se humedecen. “Qué lindo que los que nos conquistaron estén  cantando “sobre mi pecho llevo tus colores”…¿Te imaginas?, ¡qué emoción!”, dice. Luego se disculpa un momento, va a cambiar sus pantuflas por unos zapatos.   
                                                                               
Mientras no está, su casa resulta un interesante objeto de observación. Nadie imaginaría que el espacio más personal de Polo Campos no está plagado de instrumentos musicales- no sabe  tocar ninguno y casi se ufana de ello- sino de muchas imágenes religiosas: el Señor de los Milagros, la Virgen de Guadalupe  en cuadros de varios tamaños y, al lado de la puerta,  una imagen protagónica del Señor de Muruhuay. 
Este hombre que dice haber creado más de 1,700 canciones, entre ellas algunos de los valses más recordados y cantados por los peruanos, tiene, además, su propio busto adornando la sala. Lo ha ubicado sobre una pequeña mesa esquinera. Y, claro, también tiene algunas placas y premios colgados en una de las paredes de su departamento. Es un santuario a su personalidad. Lo demás es el reino del desorden: comida, papeles, ropa, cajas y bolsas regadas  por toda la casa.
 Padre protector, con dones conocidos y vicios incurables, a Polo Campos le gusta cocinar  para sus hijos los domingos, y dice que, si pelea por dinero, es por  ellos y si le teme a la muerte es mientras no los deje encaminados con una empresa a la que llamará Contigo Perú. “Ya lo he pensado todo: haremos composiciones, polos con mi nombre”, dice. El negocio es él. “Y cuando me muera voy a cobrar la entrada, pero ese dinero lo donaré para los que necesitan”, agrega. Es que en el coexisten, debidamente empatados, el negociante y el benefactor.

La muerte aún le parece un asunto lejano,  pues  dos obsesiones lo mantienen vital  y alimentan un discurso insistente: un pleito y una composición. El pleito es por la canción Cariño Malo y el enemigo de turno es Armando Manzanero. La canción, su composición más reciente, es para los 33 mineros chilenos aún atrapados al fondo de la montaña. “La inspiración me llegó a medianoche del 30 de agosto y la hice en cuatro minutos.”, dice. Para eso usó, como siempre,  su vieja grabadora y la máquina de escribir que tiene desde hace 52 años. Nada de modernidad.

Talento bizarro
Tiene 78 años, siete hijos con siete mujeres diferentes, dos matrimonios derrumbados y una inquietud inagotable por el sexo. Habla con desparpajo de las muchas mujeres que han pasado por su vida y hasta ensaya una explicación sobre sus procederes.  “Creo que a las mujeres hay que respetarlas en su físico. Qué abusivo darle a una sola 4 hijos, es mucho trabajo. En cambio,  Polo Campos, que adora a la mujer, dice: a cada una su hijo y que pase la siguiente. Entonces eso no es un vicio sino un servicio”. Un botón de la “filosofía” de ese Polo Campos que habla de sí mismo en tercera persona. Como si fuera un Papa.
Hijo de una chiclayana que amaba la música y de un militar limeño que peleó en la guerra con el Ecuador, en  1941, Augusto Polo Campos nació en Puquio en 1932. A su madre Flor de María le debe no sólo la vena criolla sino la inspiración para crear Cuando llora mi guitarra, una de las canciones más importantes de su carrera.  De su padre, Rodrigo, recibió los primeros pagos por sus estrofas cantadas y heredó la inclinación por las mujeres.
Compuso su primera canción a los 12 años y ahora se declara sin modestia como un genio, el mejor compositor nacional, aunque matiza diciendo que esa genialidad proviene de Dios.  Tal vez por eso jamás quiso aprender a leer música. En realidad, ni siquiera se interesó en leer  un libro. “Recuerdo que leí uno a medias, de un francés pero ya ni me acuerdo el nombre. Lo hice sólo porque una mujer que me gustaba me dijo que si no lo hacía no me aceptaba. Entonces había que complacerla”, dice risueño. Polo Campos es el analfabeto funcional más exitoso del Perú.
Tiene un vicio por las mujeres que jamás ha intentado controlar. Y eso le ha costado hasta perder amistades. “Mario Cavagnaro era mi amigo, gran compositor y extraordinaria persona, aunque al final terminé peleado con él. Fue por culpa de una mujer.”, recuerda lamentándose y agrega que en su velorio no le aceptaron ni el arreglo floral que envió.
Dice que no se arrepiente de ser un cazador sin vacaciones ni jubilación. Cuenta sus romances por miles, pero para él nada de errado hay en seguir ese instinto. Entre las elegidas es difícil encontrar un patrón: la colección de ex mujeres incluye a personas tan disímiles como la cantante criolla Cecilia Bracamonte, la vedette Susy Díaz o, según su propio inventario, la secretaria más famosa de  los años 70, Eugenia Sessarego.  Con esta última dice haber vivido un ‘amor dramático’ que se inició durante una de sus visitas de caridad a la prisión. A partir de entonces, la visitaba  todas las semanas y hasta le cocinaba. Confiesa que fue ella quien le inspiró el vals “Cada domingo a las 12”.
Sin embargo, ninguna de ellas significó para el compositor más que un capítulo breve. Hay, empero, un amor que lo marcaría para siempre. “Jesús Vásquez debió ser mi esposa pero no pude casarme con ella.  Ella fue el amor de mi vida. Pero yo era un simple policía recién egresado y ella estaba con un oficial de alto rango. Además, cómo podía un esclavo de la música criolla ser el marido de la reina. Era una mujer incomparable y escucharla cantar era maravilloso”, dice Polo Campos sin intentar ocultar el sentimiento que parece seguir vivo a pesar del tiempo y de la muerte.
No poder realizar ese amor como a él le hubiera gustado fue sin duda una de los momentos amargos que recuerda. Pero el mayor dolor fue la muerte de su madre dos días antes de su graduación como policía. “Ella me hizo ingresar para que no me perdiera por culpa de la música y la vida bohemia. Pero  no pudo recibir de mí ni un sueldo”, recuerda con la voz quebrada.
La tristeza también se le pinta en el rostro cuando recuerda a sus compañeros de la música, los cantantes criollos que en poco tiempo lo han dejado más solo que nunca, casi como un fantasma viviente de la escena musical limeña. “En ocho meses se han muerto 8 de los mejores cantantes peruanos. Toda mi gente se ha ido y me duele”, dice.
Borrascoso, narcisista, complicado y varias veces brillante, Polo Campos es la prueba viviente de que el talento viene a veces en envases bizarros.



viernes, 20 de agosto de 2010

Yo, Augusto


    

Economista de profesión y periodista de oficio, Augusto Alvarez Rodrich es  esencialmente un comunicador. Carácter jovial y ritmo imparable. Aquí una mirada a la cotidianeidad, a la persona que sustenta al profesional de las facetas varias.



Foto: David Vexelman
 Enfundado en un traje formal, con corbata incluida, Augusto parece más un ejecutivo encopetado que el periodista multimedios que es desde hace varios meses. Su nueva faceta como conductor de un noticiero matinal lo obliga a ese atuendo y a levantarse a las 4 de la mañana de lunes a viernes. Y ese es solo el inicio de su ajetreada rutina.
Para balancear esa acelerada actividad laboral está su casa en San Isidro: un lugar apacible que tiene casi como jardín propio a El Olivar.
Ya instalado en un sillón de su estudio, mientras sus dos perros rondan juguetones a su alrededor, Augusto habla con rapidez, contesta siempre mirando a los  ojos y nunca hace una pausa muy prolongada. Se le nota entusiasmado de estar enteramente dedicado al periodismo, aunque dice tener la lección bien aprendida respecto al oficio. “Ya aprendí que nada es para siempre, que cuando mejor crees que están las cosas te botan, entonces ahora soy consciente que en algún momento esto se acabará y será tiempo de buscar otra cosa.”, dice.
Es que su despido de Perú 21, en 2008, le mostró la cara más ingrata del periodismo  aunque a él le cueste aceptar el golpe. Trata  de ser diplomático. “Mi salida no fue tan traumática como pareció. La verdad es que no es que me haya gustado que me sacaran pero tampoco voy a jugar a ser mártir del periodismo ni nada de esas vainas. Es más, cuando salí, me dieron una botada muy elegante, me dejaron despedirme y todo. En el Comercio, en cambio, te botan a la mala”, dice.
Entonces pensó en volver a lo de siempre, las consultorías, y dejar este mundo en el que siempre estuvo sólo a medias por temor a la inestabilidad. “A mí me gustaba el periodismo pero la verdad es que buscaba algo más formal en la vida. Por eso estudié economía. Pensaba que el periodismo era una actividad desordenada, inestable. Con el paso del tiempo descubrí que en efecto era todo eso que yo pensaba, pero igual, la vida me fue jalando por allí”, recuerda.
Ahora su vida transcurre rodeado de noticias pues todos los trabajos que tiene  están vinculados al periodismo: el noticiero en la TV, su programa de radio, sus talleres y cursos en dos universidades. Además, acaba de abrir un blog, recientemente publicó un libro que recopila sus columnas y para completar una agenda ya bastante llena, graba semanalmente un programa para Internet, Llanta de prensa, al lado de Mirko Lauer y Fernando Rospigliosi. 
Con ese ritmo de actividades, duerme solo cuatro horas al día, pero no se queja. “Yo  pensé que iba a ser más sufrido, pero no. Lo que sí sé es que no quiero sacrificar mis actividades. No quiero acostarme como viejita a  las 9 de la noche”, dice.
Tiene todo organizado perfectamente en su vida y en su estudio. Allí, además de sus libros, algunas piezas y fotografías de sus hijos adornando el ambiente, hay recortes de diarios archivados  minuciosamente,  por temas, en uno de los anaqueles. En su computadora, los temas inactuales de algunas de sus próximas  columnas y, en el escritorio, una libreta de apuntes de la que confiesa no despegarse nunca. “Soy muy ordenado. Tengo mi  archivo de noticias y recortes. Cuando hay desorden en mi escritorio no puedo hacer nada. Pamela Vértiz se ríe porque en la mesa del canal pongo todo en orden: en un lado los periódicos chicha; en otro,  los periódicos serios”, dice.
También reconoce ser casi un adicto a las noticias, incluso antes de entrar de lleno al terreno periodístico. Pero ese carácter de alumno aplicado también lo ha llevado a albergar algunos arrepentimientos. Aunque su autocrítica no llega muy lejos. “Creo que invertí mucho tiempo de joven en prepararme y no en divertirme tanto. Si volviera para atrás creo que alteraría un poco las prioridades. Creo que siempre he sido demasiado trabajador y me cuesta un poco relajarme. Soy demasiado castigador conmigo mismo y eso es algo que quisiera cambiar”, reconoce.

Volver a empezar
Metódico y  perfeccionista en su trabajo reconoce que lo que más le gustó en su etapa como director de diario fue la posibilidad de reinventarse. “Había que volver a  empezar cada  día desde cero, a diferencia del trabajo de consultor, que va acumulando información y cada proyecto dura varios meses. En cambio, un diario dura un día, es un ciclo corto. Un cambio interesante para mí”.
Quienes lo tuvieron como jefe lo califican como una persona de trato horizontal, dispuesto a escuchar y muy hábil en estimular la iniciativa propia de su equipo, algo que, según confiesa, le costó lograr.”Creo que hice un buen trabajo en reconvertirme porque antes yo no era un buen jefe: no delegaba, me metía mucho en el trabajo del otro y en el diario aprendí a confiar en la gente y en el trabajo que podían hacer”, dice.
Se declara agnóstico, ex fumador, es socio vitalicio de Alianza Lima y fanático de la buena comida. “Creo que es cierto el chiste ese de que uno primero se interesa por las mujeres, luego por los restaurantes y luego por los remedios. Yo estoy en la etapa de los restaurantes”, dice entre risas. Y aunque no se considera supersticioso reconoce que tiene algunas cábalas para ciertas ocasiones. “Entro siempre con el pie derecho al set de televisión y  tengo un  corazón, hecho de  piedra de Ayacucho, que coloco siempre en el escritorio de la cabina de radio”, confiesa.
Álvarez  Rodrich  es un hombre  que mide lo que dice y sabe esquivar  bien las preguntas que no desea contestar. Dice que prefiere no pelearse con nadie y afirma no guardar odios. Pero, sin ninguna duda, algunos personajes se le han quedado atragantados y lo deja notar. “Evito a los  intolerantes, los mentirosos. No voy a decir nombres pero son gente de la política y el periodismo que lo que hace es mentir adrede para apoyar causas perversas”,  dice.
 ¿Rafael Rey?- le pregunto
 “Me parece que es alguien que hace las cosas chuecas y que es incapaz de aceptar una idea diferente a la suya. Pero, mira, yo le agradezco que me ha permitido hacer unas columnas estupendas, de las que me siento más contento”, ironiza.
Aunque dice no cultivar enemigos hay uno sobre él que parece desplegar una inocultable hostilidad: Aldo Mariátegui. “La pelea entre periodistas me parece un poco absurda. Este señor me ha dedicado en los últimos dos años 145 menciones entre columnas y chiquitas. Es una cosa increíble, pero qué puedo hacer”. Aunque dice no darle importancia, hay una última frase que parece misil. “Me preocuparía si se tratara de otra gente. En general, busco la reconciliación con la gente a la cual respeto”, lanza.
 “Cuando me botaron del diario, sentí que era el momento de moverme hacia otra cosa. Pensé que ya no tenía espacio para trabajar en periodismo. No eran uno sino cinco medios escritos y dos televisivos donde ya no tendría espacio”. Pero las nuevas propuestas que ahora lo ocupan lo hicieron cambiar de opinión.
Aunque en un inicio se muestra prudente y no se anima a lanzar un juicio sobre la nueva dirección del Perú 21, después de unos minutos reconoce que en el barco multimedios que  manejan  los  Miro Quesada no todos son buenos amigos y el rótulo de grupo es sólo una seña empresarial. “Había gente en El Comercio  que me tenía tirria desde siempre. Recuerdo con mucha gracia que si surgía alguna noticia o personaje no querían dar fotos para Perú 21. Me obligaban a tener que comprar la foto de otro lugar. Era más fácil pedirle a alguien de otro medio que a la gente de El Comercio. Había una competencia absurda. Hasta tuve que crear mi propia red de corresponsales en provincias porque con ellos no contábamos”, recuerda.
 Sin embargo,  dice no detenerse demasiado a mirar el pasado ni acumular malos recuerdos. “Me olvido fácilmente de los agravios. Luis Bedoya Reyes me dijo una vez: nunca odies, es muy malo, te mata a ti mismo.  Además, yo siempre recuerdo lo bueno y nunca añoro volver. Cada época dura lo que debe y cuando pasas a otra cosa, ya está”. Alvarez Rodrich tiene el espejo retrovisor empañado. Ese quizás sea el secreto de su habitual tranquilidad.