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viernes, 2 de marzo de 2012

Veguita, el librero caminante

Hombre libérrimo y bohemio al que ni tiempo ni la enfermedad lograron robarle la  chispa y el amor por los libros. Veguita, fiel a sus convicciones, siempre se negó a desoir los mandatos de su yo más indomable. Por eso su historia merece ser contada, por eso es alguien que difícilmente se podrá olvidar.                                                                             

Jorge Vega, Veguita, ha resistido con dignidad pero sin suerte a los embates del tiempo. Aunque el cáncer que le ha robado un ojo hace unos meses no ha acabado con su chispa, ya no es el mismo que conocieron por décadas periodistas nuevos y viejos. Ahora la memoria le falla por momentos y su lengua divertidamente viperina se ha vuelto pesada.
Foto: Edwin Julca
Nos recibe en la casa familiar en La Victoria. Esa que nunca dejó pero a la que, en sus años de juventud, nunca llegaba a dormir. Allí se ha refugiado para la última resistencia. Declara haber vivido intensa y despreocupadamente porque está convencido de que “preocuparse es engendrar infortunios sin razón”. Entonces toma con serenidad y sin drama que ahora el mal de Parkinson lo obligue a usar andador. “Recién estoy aprendiendo a domar a este caballo” dice mientras  toma  el armatoste de metal y empieza a caminar lentamente. Por culpa de su cuerpo rebelándose, como lo hizo él tantas veces en el pasado, ahora ya no puede seguir siendo el célebre librero caminante de Lima.
Tampoco puede leer como antes porque es el ojo más hábil el que le han extirpado. El enorme parche negro que cubre el vacío rodea sus cabellos canosos y desordenados. “Tengo que tomarme la medida del ojo que me queda. Antes podía leer hasta la letra de 6 puntos. Tenía una vista extraordinaria”, dice sin que suene a queja.
Para él todo es lo que debió ser y no hay espacio para el reclamo y menos para el arrepentimiento. “Son momentos que nos toca pasar y es todo. Yo ya pasé los 76 años. Mi vida ya es un juego contra las estadísticas” dice resignado y luego empieza a echar mano de las frases que le han dejado sus innumerables experiencias de nómada urbano y lector de casi todo: “Me estoy acordando de dos frases terribles sobre esta etapa: “la vejez es una mierda pero no hay otra alternativa”, o “la vejez es una enfermedad que se adquiere con los días, se agrava con los años y se cura con la muerte”, lanza y luego esboza una sonrisa.
Jorge Vega Escalante vivió para el disfrute del presente y nunca le tuvo miedo al futuro. Hasta que el tiempo le empezó  a recordar sus variados excesos. Un día su columna empezó a resentir los años de cargar piedras en el mar y las incansables rutinas en la Herradura. Luego vinieron los males peores. Primero, una alerta en el colon y luego el diagnóstico sobre el ojo.  “Al inicio no me atendía con oftalmólogos sino con médicos generales, hasta que me enviaron al INEN y ahí dos especialistas me dijeron al unísono: Cáncer”, recuerda. Hace poco más de cuatro meses que lo operaron y aunque las necesidades aumentan esquiva con gracia la imagen del desamparo. “Estoy quemando mis últimas naves. Si comienzo a perder capacidad para poder mantenerme y comer por falta de medios económicos, la verdad es que he comido tan bien y durante tanto tiempo que puede ser una forma de equilibrio”, bromea. Lo cierto es que aunque él prefiere hablar de libros y recuerdos, son tiempos complicados de afrontar sin un seguro de salud ni un soporte de pensión, esas previsiones mortales que él ignoró desde su Olimpo marino y cervecero.
Libérrimo y hedonista, coqueteó con el periodismo por un tiempo pero fue amante de los libros desde siempre. Conoció a los 16 años las bondades del amor rentado en Huatica y desde entonces su mundo, dice, “ha sido un mundo rosa”. Luego confiesa que entre las prostitutas ha encontrado a  mujeres muy interesantes y con una cultura que sorprendería a muchos. Y para quienes se muestran muy interesados por el tema él  tiene una respuesta perversa e ingeniosa: “un hombre como yo,  que ama la historia, solamente  puede buscar mujeres con un gran pasado.”
No cree en los sentimientos eternos  sino en ligeras o intensas pasiones y asegura que ninguna mujer lo marcó. “Yo no vivía, como los demás, para el amor. Yo he vivido entre la embriaguez del placer y el placer de la embriaguez”, dice.

Librero libre
Foto: Edwin Julca
Hijo de un empleado del Ministerio de Economía y de un ama de casa de buen gusto pero sin afición por la lectura, Veguita recuerda con nitidez que  su primer encuentro con un libro tuvo el sabor de la decepción: él esperaba al llanero solitario y una tía le dio como regalo un ejemplar de Corazón, de Edmundo de Amicis. Desde entonces empezó la relación  más cercana y la única fidelidad sentimental que se permitió: la de los libros, que muchas veces vendía después de leerlos.
Comenzó como periodista en el diario Ultima Hora en 1952 pero para un hombre como él cualquier empleo era un encierro insostenible. Poco después dejó la vida normal por la libertad del librero andante.  Vinieron años de bohemia, mujeres, riesgos y parranda sin fin. “Pasé los carnavales más felices de mi vida en el Trocadero. Y también me metía a los Barracones solo y varias veces me salvé de la muerte”.   Pero es la historia de cómo logró su viaje por Europa uno de esos pasajes que le hacen recuperar la sonrisa. “La historia es un sueño. Un día me llamó la mujer de un intelectual que había fallecido. Cuando fui a su casa me topé con una biblioteca fascinante. En ese momento pensé que nunca tendría dinero suficiente para comprarla. La señora me dijo que me lo regalaba todo y hasta me dio dinero para el camión de mudanza. Pensé que esta mujer estaba loca pero cuando conversé un poco más con ella me di cuenta de la razón de su proceder: era una pareja en la que el marido era una intelectual y ella una ignorante. Los libros no tenían importancia para ella y habían sido más bien un enemigo constante, le habían quitado el tiempo y la plata al esposo”, recuerda. Fue la venganza perfecta para la viuda y la gran oportunidad para Veguita. El dinero que obtuvo de esos libros, casi 20 mil dólares, le permitió viajar por cuatro meses. Allí disfrutó de lo bueno y lo mejor. Conoció muchas ciudades y “probó” muchas mujeres. Hasta declinó la propuesta matrimonial de una inglesa enamorada. Paseó su estilo libre por España, Francia e Italia hasta que un día decidió volver porque  “acá trabajaba dos horas al día y se divertía las 24”.
Para él sus clientes eran, más bien, cómplices intelectuales. “Qué grosero es dejar en manos de un cliente un libro, en cambio qué poético es dejarlo en manos de un amigo porque sabes que va a cuidarlo. Yo conocía bien  las bibliotecas y los gustos de mis amigos”, declara orgulloso. Entonces le digo que parte de la biblioteca del director de este semanario está compuesta por libros vendidos por él. Con su chispa a prueba de problemas me dice difamatoriamente: “Dígale que los pague”, y se ríe. “Porque yo no soy viejo, lo que pasa es que mis clientes me han llenado de arrugas”, agrega.
En sus años de juventud fue un hombre atlético que vestía mal pero comía bien y que jamás pensó en emparejarse. “Me hubiera aburrido demasiado. Acá la gente tontamente busca una pareja porque dice mañana me enfermo y quién me cuida. No se casan con una mujer sino con una enfermera. La belleza del amor termina con un acto jurídico vil por el cual todo lo que antes era poesía se convierte en interés,  gasto y negocio”, dice. El fue  feliz a su manera y asegura que no pocos amigos envidiaban su libertad. Ahora asume el paso del tiempo y el precio de la libertad: “Esa es la vida y tenemos que aceptarla como es. Auge y decadencia de todo mundo,  como decía un humorista inglés”.
Foto: Edwin Julca
Jorge Vega ha coqueteado con la muerte, ha pasado dos veces por la prisión de El Frontón (por razones políticas) y ni aún ahora siente la dureza de la soledad: “Tengo a mis hermanos a mi lado. Ellos cuidan de mí. Y si algo me sucede, estoy en la línea correcta de la matemática”. Tampoco le asusta la muerte. “Voy a viajar por el universo como parte de un polvo celestial que alguna vez fue parte de mi cuerpo. Voy a alimentar arboles. Pero para eso todavía falta mucho. Sólo tengo lo del ojo, por lo demás estoy bien. Tengo la sangre en mejor estado que muchos jóvenes y mi médico me ha dicho que ya puedo comer lo que quiero. Un día de estos voy a tomarme un Sol y Sombra, mi trago favorito.”, se esperanza.
El hombre que leyó a Cervantes a los ocho años y memorizó párrafos enteros de El Quijote, recurre a otro de sus autores favoritos cuando asegura que no siente haberse perdido nada. “Fue una forma valiente de asumir la vida y lo he hecho. Y si de algo no se arrepiente un hombre, decía Borges, es de haber sido valiente”, recita. Luego no puede evitar el humor negro  tan suyo y decide completar: “A mí lo que me encantaría es que este ojo que me queda me sirva en el momento de  la muerte para conocerla. Yo me imagino que debe ser una mujer bellísima porque todos los que se han acostado con ella han preferido no levantarse”. Veguita no cesa de sorprender.









viernes, 28 de octubre de 2011

Fátima Buntinx, una niña de película

Aunque sea el mismo rostro de mirada inquietante Fátima Buntinx no se parece mucho a Cayetana de los Heros, su personaje en la película Las Malas Intenciones. A la pequeña actriz no la atormentan la soledad ni sus conflictos familiares. Tampoco transmite la sutil malicia que caracteriza a la niña de la pantalla. En su casa de Chaclacayo quien aparece es una niña inquieta y conversadora, ingenua y curiosa.

 

 Hija de artistas y con un talento que parece fluir sin el menor esfuerzo, lo que más impresiona es su capacidad de cambiar los gestos de un momento a otro. ¿Quieres que haga el ojo de pulpo?”, me pregunta refiriéndose a una de las miradas claves de la película. “Es la que hago cuando me subo al carro y conozco a la nueva enamorada de mi papá”, me dice. Entonces se queda en silencio, desvía la mirada y de pronto ahí están esos ojos inyectados con una mezcla de rabia y maldad. Es capaz de repetir la escena varias veces, pero luego reconoce que eso la cansa.

“No es de sonreír  mucho”, me dice Zélida, la joven que cuida y acompaña a los hijos de la familia Buntinx Torres desde hace seis años.  Hace poco abandonó un casting porque querían hacerla reír a la fuerza. “Se me hace más fácil llorar”, me confirma Fátima. Pero no parece ser una niña triste. Esboza gestos animados cuando habla de sus mascotas, de sus amigas en el colegio. “Me gusta preparar galletas, postres. Lo hago cuando vienen mis amigas. También me gustan los animales. Tengo tres perros, tres loros, dos peces, una tortuga y un pollo. ¿Sabías que los animales cuando son muy bebitos se pueden morir de frío?”, pregunta.

Dice su padre Gustavo Buntinx, historiador y crítico de arte, que no estaba muy seguro de dejar que su hija actuara. Fátima tenía tan solo ocho años cuando empezó a filmar. Pero la historia y la calidad del guión lo convencieron. Y a la niña la idea la entusiasmó. “Quería saber cómo se sentía. Y sí, me gustó”, dice. Su parecido físico con el perfil del personaje de Cayetana le ayudó a conseguir su oportunidad. “Cuando fui a la prueba no sabía para qué película era. Al final, me eligieron y era la menor entre las que estaban compitiendo por el papel”, cuenta orgullosa.

Para lograr un lugar en la cinta en la que impresiona con su actuación la hicieron interpretar  algunas escenas, como en la que le canta a su tía Jimena, pero teniendo enfrente a muñecos de peluche. Las grabaciones fueron algo más complicado. “Al comienzo me sentía muy cansada, pero no me arrepentí de haber aceptado. Sí haría otra película, pero no una telenovela. No me gustan, allí todo es muy exagerado”, dice. Con la frescura de sus 10 años dice que la producción de la película premiaba cada escena cargada de emociones y llanto con una reparadora dosis de helado. “El helado es mi pasión”, dice. Esta vez sonríe sin malicia.

No hay atisbo de Cayetana en ella, ni rastro de los conflictos familiares que colocan a ésta en el umbral del abandono. Acurrucada en brazos de su madre, Susana Torres, artista plástica que participó como directora de arte en la película, Fátima luce serena y  se aleja de la imagen de su torturado personaje. Su madre se encarga de minimizarle los sinsabores. Como el de hace unos días, cuando no le dejaron entrar a una sala de cine a ver su propia actuación. “No me molesté. Me dio risa más bien. Mi mamá me llevó a pasear. Todo porque en el cine dijeron que no podía entrar porque yo era muy chica y la película era muy violenta.  Eso no es cierto. Hay unas donde hay sangre y muertos, pero en la mía no. Esta es una película buena. Es raro porque en Alemania la vieron muchos niños”, dice recordando el viaje que hizo al Festival de Berlín en febrero de este año.
Habla de la película con seriedad profesional, aunque no parece entender del todo la profundidad de su personaje. “La escena que más me gustó es la del cuy. Cuando se supone que lo dejo libre para que escape pero se regresa”, dice. De los héroes nacionales que pueblan las fantasías de Cayetana,  Fátima tampoco sabe mucho. “No me enseñaron  eso en el colegio. Recién estoy en cuarto grado. Para filmar me dieron unos resúmenes y los aprendí de memoria. Hasta ahora me acuerdo del de Túpac Amaru”, dice y empieza a recitarlo. Lo que más le costó fue hacer la escena en la que tuvo que decir que odia a su mamá. Con su padre tampoco vive los conflictos que padece Cayetana. “Mi papá en la noche me cuenta cuentos. Ahora estamos leyendo El Principito, pero aún no lo terminamos”, dice.

En la libertad de su casa en Chaclacayo corre, patina y bromea con sus empleadas. Su habitación está plagada de peluches, fotos familiares, un enorme retrato suyo y una cama adicional donde duerme una de las amas que la cuida. A diferencia de su personaje, que vive  preocupado  por no volverse invisible, Fátima centra la atención en su casa y  cuida a su hermano pequeño. “Yo era la más cuidada porque era la más chiquita, luego vino Santiago y me puse medio celosita, pero tampoco quería taparle la nariz ni nada de eso. Yo ya tenía un pequeño plan. Intentar quedarme más tiempo que el, ese era su castigo. Pero al final, cuando creció, fue divertido”, dice. Ahora lo escucha con paciencia y lo mira con dulzura.  “Ella adora a su hermanito, son muy compañeros”, dice su mamá.

Cuando le pregunto por las escenas más perturbadoras de la película, ella parece no tenerlas registradas con esa carga emocional. “Cuando hicimos la escena con el bebito, yo no le estaba tapando la  nariz de verdad, me dijeron que lo hiciera con cuidado y ya. Igual cuando hicimos la escena en la que yo lloro porque se murió Isaac, el chofer, fue la última de la película y cuando terminamos dije: ya listo, ¿vamos a comer?, cuenta. Tampoco le impresionó la escena de los perros colgados. “Cuando vi esa escena no estaba tan preocupada porque sabía que estaban vivos. Yo pregunté y me dijeron que les pusieron unos hilos invisibles y había veterinarios cerca. Ningún animal murió para hacer la película, ni el pajarito, que era uno disecado”.

Dice que lee todo lo que cae a sus manos, no le gusta hablar de sus notas en el colegio  y aún cree en Papa Noel. “Muchos dicen que no existe y que son los padres los que regalan, pero yo sí creo. El año pasado hubo un apagón y yo estaba con mi familia y arriba sonó un golpe y,  luego de unos minutos, sonó el timbre y allí afuera estaba la bicicleta que yo había pedido”, recuerda.

Con la misma calma con la que acepta flashes, preguntas y autógrafos, responde que no ha pensado en lo que va a hacer después. “Se me hace un lío. A veces creo que quiero ser cocinera, otras patinadora o actriz. También pienso que algún día dije voy a tener cuatro trabajos. Pero mi mamá me dijo si me despiden de todos no tendré cómo mantenerme. Todavía sigo pensando”, dice. Entonces, abandona la conversación, pregunta si ya es hora de ir a ver al pollo que tiene por mascota, se sube a la llanta que hace de columpio en su jardín y da vueltas en ella. Es una niña.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Deysi Cori, del arenal a la gloria

                                                                                                                                                            

Deisy Cori Tello forma parte de esa especie de cofradía de mentes privilegiadas que libran verdaderas guerras sobre un tablero. Sin embargo, fuera de ese, su campo de batalla, es   simplemente una jovencita de 18 años. Tiene las  uñas pintadas de azul y un discurso simple en el que difícilmente se puede reconocer a una agresiva y, de momento, imbatible campeona mundial de ajedrez.

Aunque no le agrade mucho hablar de ella misma, la joven Maestra internacional parece haber adquirido oficio para afrontar entrevistas. Tan familiarizada está con la rutina de la prensa que sale a recibirnos con un tablero en la mano y pregunta dónde tiene que colocarse para la foto. Pareciera que se trata de un trámite con el que desea terminar pronto.
 Viste jeans y una casaca blanca que lleva bordados los nombres de sus auspiciadores.  Dice que hoy está buen humor. Si no fuera así, las respuestas serían lacónicas. Esta vez hasta se anima a dejar salir a la adolescente coqueta que el ajedrez no le deja ser a tiempo completo: se cambia en varias ocasiones de atuendo y posa para las fotos.
Admira a Gary Kasparov, ha jugado con Alexandra Kosteniuk  y dice que, antes de empezar con el ajedrez, soñaba  con ser presidente. Eso es lo que le han contado sus padres. Ahora ya no concibe su vida sin un tablero al frente. Dedica  casi 8 horas al día a perfeccionarse en ese mundo al que ingresó  hace  diez años. “Mis amigos son del ajedrez y con ellos siempre me divertí más porque al colegio falté muchos días. No me gustaba ir mucho a clases en la secundaria. Prefería tener clases particulares.”, confiesa.  
No tiene las excentricidades de Bobby Fischer ni la gélida genialidad de los grandes maestros rusos.  Su mayor rareza es dibujar iglesias rusas  y escuchar la música de ese país. Dice que no quiere pensar en el  futuro porque le da miedo. También le atemoriza caminar sola por la calle. “Mi hermano dice que soy una inmadura”, confiesa y sonríe nerviosamente.
 Las referencias sobre su familia están siempre presentes en su conversación. Sobre todo la figura de su padre, Jorge Cori, que fue quien le enseñó los primeros movimientos en el tablero cuando Deysi tenía sólo ocho años. “Yo le pregunté a mi papá cómo hubiera sido mi vida si no hubiese estado en el ajedrez. Quería saber  qué tenía planeado para mí y me dijo que en ese caso desde primero de secundaria tendría que haber estado preparándome para postular a la universidad. Ahora estaría en desventaja si tuviera  que postular, así como los demás estarían si entraran a competir en ajedrez. No me siento confiada. Siento miedo de eso, más bien.”, dice mirando sus manos. “Muchos me admiran, pero yo creo que ir a la universidad no es tan fácil. Mi papá me ha dicho que hay que estudiar muchas horas y no hay tiempo para descansar. En cambio, esta vida ya la conozco”, dice.  
Pero, ¿qué es lo que ha hecho de Deysi Cori ese prodigio del ajedrez? Según el  neurólogo Marco Zuñiga, el componente genético es el punto de partida  pero no único que importa al momento de definir el talento de un jugador de ajedrez: algunos estudios científicos han determinado que el factor que explica mejor el desempeño ajedrecístico es el número de horas de práctica. “Definitivamente los grandes maestros del ajedrez tienen una red neuronal  y electroquímica de óptima calidad, pero también es cierto que el factor social es muy importante”, dice el especialista. Se refiere a los aspectos motivacionales, afectivos y de conocimiento. Es allí donde el papel de los padres  de Cori se  convirtió en decisivo. “Sin mis padres no sería nada”, me dice muy segura. “Me he perdido muchas cosas por el ajedrez. Pero sabía que tenía que hacerlo. Al principio eso me molestaba pero ahora entiendo que sin  eso  no hubiera podido ser campeona”, reconoce.
Ella, que para jugar al ajedrez ha debido desarrollar sus habilidades  anticipatorias, de memoria y de aprendizaje de una manera excepcional, se siente insegura de afrontar  algo diferente.  “Hay una activación de varios módulos cerebrales interconectados del neocórtex, pero no es posible localizar específicamente un área del cerebro para inteligencia lógica y espacial, que es la que ellos, los ajedrecistas,  tienen más desarrollada. En realidad es una actividad de múltiples áreas”, dice el doctor Zuñiga. Están involucradas, según los estudios científicos, el área pre frontal, la zona temporal anterior y fronto basal, y la sección parietotemporooccipital.
A Deysi  nunca le gustaron las matemáticas y, aunque de pequeña prefería los cursos de letras, ahora no es una lectora asidua. “Me gustó el libro Mi planta Naranja Lima y las Tradiciones Peruanas, de Ricardo Palma, pero la verdad no  me puedo pasar mucho tiempo leyendo”, dice. El deporte, tan recomendado para canalizar la tensión de la competencia y mejorar el desempeño en sus partidas, tampoco es algo habitual en ella. “Cuando llegas a un nivel alto necesitas hacer alguna actividad física porque las partidas duran mucho.  Normalmente no lo hago, pero de vez en cuando juego fútbol y antes mi papá me sacaba a correr, pero a mí no me gustaba. Yo también lo recomiendo, pero hacerlo me da pereza”, dice y vuelve a reír.
Solo cuando se trata de pensar en las partidas de  ajedrez es exigente consigo misma. “A veces me sorprendo de lo mal que puedo jugar en algunos torneos. Antes de ser campeona mundial, si jugaba mal me criticaba mucho. Además cuando llegas a un determinado nivel las personas también esperan que tengas un buen resultado”. Y la presión no es solo del gran público. “Cuando no nos iba  bien en  los torneos, a mi hermano y a mí, mi papá a veces nos decía que  quizás deberíamos dejar el ajedrez.”, dice.
Quieta diversión
Aunque ahora pasa una temporada en Buenos Aires para entrenarse  y preparar los próximos torneos internacionales, el camino de Deysi Cori empieza en un arenal en Villa el Salvador. Allí creció en una pequeña casa que empezó siendo de esteras y terminó de material noble gracias al talento de los Cori Tello. Catalina y Jorge, los padres de la ajedrecista, han moldeado y acompañado el talento de su primogénita y de su otro hijo, Jorge, también un virtuoso del tablero.   El padre sigue siendo una figura muy importante a la hora de tomar decisiones. Deysi repite constantemente: “mi papá dice…”. “mi papá me ha contado…”.Cuando le hablo de su mamá, en cambio, no parece haber demasiada conexión. La menciona casi con desgano. “Ah sí. Es que últimamente  he estado viajando más con mi papá. Mi mamá es más estricta. Ella está con mi hermano en Argentina”, dice. Y no le regala ningún comentario extra con dosis de nostalgia. Sus profesoras de primaria del colegio nacional Aristóteles nº 1972, en San Juan de Miraflores, me comentarán después que era el padre y no su madre la presencia siempre constante a su lado.  “Deysi era una niña muy noble y responsable. Cuidaba mucho a su hermano.  Su gran motivación en el ajedrez viene de su padre, que estaba siempre muy pendiente. Era él quien venía y se preocupaba de los detalles, hasta en las actuaciones”, recuerda Liliana Téllez la maestra de primer y segundo grado de la joven.  “Eran de condición muy modesta. Recuerdo a Deysi en sus primeras participaciones en torneos de ajedrez  distritales, todos iban con ropa nueva y ella solo usaba su uniforme escolar”, recuerda Isabel Salas, otra de sus antiguas maestras.
A pesar de su discurso aparentemente maduro y el brillo de su juego, en la vida cotidiana Deysi  es una niña que escucha reggaetón, usa el  facebook, cuida a su gato  y hasta se sonroja cuando se le habla de chicos. “No me he enamorado pero sí me ha gustado mucho un chico, también juega ajedrez y es ucraniano, pero no hemos pasado de decirnos hola”, dice con candidez.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un hurácan llamado Delfín

A los 83 años Víctor Delfín tiene la sabiduría propia de sus años pero los bríos de un jovencito. Ha moldeado una vida simple y sin pretensiones con la misma facilidad con la que logra transformar fierros en arte. Pintor, escultor, artesano, cultor del arte popular y defensor de las libertades, es sobre todo, un creador inagotable y un  curioso impenitente.


Vive en una enorme casona antigua que mira al mar barranquino, un lugar que es su paraíso y, también, su cuartel general. “Es el teatro de operaciones de toda una cantidad de rebeldías”, me dice sobre la centenaria casa taller,  en la  que se gestaron los planes y las protestas contra la dictadura de los años noventa y en la que vive hace más de 40 años. Allí, rodeado de verdes jardines, bocetos, grandes esculturas y murales multicolores,  continua con la irreprimible pasión a la que se entregó hace más de 65 años. “Yo no me creo un artista, yo me siento un creador. La palabra arte me parece demasiado grande, demasiado solemne”, dice.

Saluda al estilo europeo, habla con soltura y sonríe a menudo.  Sus ojos pequeños, que siempre observan fijamente, transmiten calidez y serenidad. Viste con sencillez y usa sandalias a pesar del frío invernal. “Fue una costumbre que me quedó de los años que pasé como colono en la selva”, me cuenta.
Padre de nueve hijos y hombre de varios amores, se define como una persona optimista, que no teme decir lo que piensa. La política no es la excepción: “A las fuerzas conservadoras que tienen el poder no les gusta mucho democratizar la cultura. Esa palabra les preocupa mucho, porque alguien medianamente culto se comporta críticamente hacia el sistema, hacia la situación y eso siempre es un peligro. Por eso la educación precaria. Todo es premeditado, nada es casual. Dar educación es dar poder. Por eso también se les niega la posibilidad  de informar y reclamar a quienes quieren hacerlo”, apunta.
A Víctor Delfín no le gustan los grandes banquetes pero disfruta las tertulias con amigos. Tampoco le gusta recordar mucho las fechas: “si hay algo que quiero olvidar son los años”, me dice pícaramente.  Nunca ha pateado una pelota ni ha visto un partido de fútbol porque le parece “grotesco y sin sentido”. Dice que nunca ha militado en un partido político y que no tiene enemigos. “Mis peleas duran muy poco. No soy un hombre  de grandes rencores”. Una filosofía que se extiende incluso con la crítica que no ha sido precisamente amable con él. “A los críticos de arte ni siquiera les hago caso. No hay que perder el tiempo en eso. Creo que ningún creador debería hacerlo.  Además, uno no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Un artista obedece a otras exigencias, debe precisamente quebrar los parámetros establecidos, no hay compromisos partidarios ni estéticos”.
A pesar del reconocimiento y su trayectoria internacional  no esquiva reconocer que en algún momento tuvo que someterse a las exigencias de quienes  demandaban sus obras: “Hay que decir las cosas como son. Antes del despegue hacia lo que yo quería pero cuando empezó la demanda tuve que sacrificar muchas cosas y realizar una obra extra creativa por exigencia del mercado. Hacía lo que me pedían, ganaba mucho dinero y viajaba de aquí para allá. Pasa con muchos artistas y yo no fui la excepción”. Antes, como ahora, el recortado mercado peruano hacía necesario salir y ceder.  “Pasé por eso pero ahora ya no, ahora  hago lo que me da la gana”, agrega.

Aunque ha pasado largas temporadas en Estados Unidos, Chile, Ecuador y ha recorrido Europa entera mostrando lo que sabe hacer (tallado en madera, grabado en metal, pintura, murales, orfebrería) siempre se ha mantenido con el ancla firme en el Perú. “Me ha ido bien en todos lados pero siempre he regresado porque la cabra tira para el monte y este monte es muy particular”, dice.
Confesión de Parte
Víctor Domingo Delfín Ramírez nació en el norte, en Lobitos, pero pasó su infancia en el paraje norteño de El Alto, al lado de sus seis hermanos mayores. Su padre, Ruperto Delfín,  era obrero en una empresa petrolera. De él aprendió a ser generoso y a creer que  “nada era imposible”.  Fue en esos años de vecino del campamento de la International Petroleum Company que la vocación por el arte le tocó el hombro. “Desde que empecé mis balbuceos con el dibujo fui auspiciado por mi padre Ruperto y motivado por mi hermano, que era sordomudo. El se comunicaba por medio de dibujos. Fue el mejor profesor que tuve. Me contaba historias enteras a través de un papel. Aprendí mucho de él”.
También guarda palabras elogiosas para su madre. “Era una mujer que nos enseñó el abc para no ser idiotas ni ser ociosos. Sus códigos eran muy elementales pero importantes: no andar con las manos en los bolsillos, entender que se puede ser pobre pero no sucio. Y mi padre, cuando yo tenía siete años, nos reunía a todos los hermanos cada sábado para darnos encargos. Nos habían preparado para salir a la aventura. Y cuando llegamos a cierta edad, cada uno tomó su camino. Después de eso nunca intervinieron en mis decisiones”, dice. Y con esas lecciones aprendidas Delfín, que sólo estudio hasta el tercer grado de primaria, llegó a Lima. Tenía 17 años.
“Parte de mi buena estrella es que nunca me preguntaron qué grado de instrucción tenía. Como hablaba bien y había leído algo, pensaron que había terminado la secundaria e incluso que era universitario”, recuerda con una sonrisa.
Con el tiempo, su predilección por el arte popular lo llevó  a asumir la dirección de las Escuelas de Bellas Artes en Puno y Ayacucho. Esas experiencias no le dejaron muy buenos recuerdos: “Parece que mi destino era estar en lugares donde había conflicto. Y cuando fui director, tenía tan solo 27 años, todos los demás que eran mayores querían serlo también. Me hicieron la vida imposible. Después de eso me prometí nunca más ser un funcionario público”. Entonces juntó un poco de dinero y se marchó a Chile por dos años. 
Luego, con el éxito de sus primeras obras, los viajes se multiplicaron. El artífice de Retablos, Bestiario y Aves de América tuvo por más de 15 años un taller en Nueva York, fue huésped  asiduo  del Hotel Chelsea, conoció a personalidades de todo el mundo y se codeó con artistas de renombre mundial. “He hecho lo que me ha dado la gana, he tenido satisfacciones extraordinarias en mi vida. Yo creo que todo me ha salido bastante bien. He conocido gente muy importante, que no imaginaba conocer y casi todo ha sido muy fluido”, dice.
Este emparejado crónico también tiene -dice- un balance sentimental en azul. “Así como salir a las calles ha sido lo mejor que he hecho en mi vida, tener diferentes relaciones con mujeres tan distintas, de tantas nacionalidades y edades, me ha servido para alegrarme la vida, comprenderme mejor y ser menos imbécil.”, dice. No se anima a contar el número total de amores que han pasado por su vida, pero suman seis las mujeres y madres de sus nueve hijos. 
Se ha casado solamente en dos ocasiones, ha “enviudado” tres veces y comparte con las ex compañeras sobrevivientes una relación amistosa y de cariño. “Aún me cuidan y se preocupan por mí”, reconoce.  Confiesa que no cree en las relaciones para toda la vida y que la fidelidad es un ejercicio difícil de lograr. “Puede parecer una frivolidad pero no lo es, la historia de cada uno es lo que es y nunca se sabe lo que puede ocurrir. Una persona puede decirte que ya está harto de ti- como que me lo han dicho- o uno puede hartarse del otro. Es un mundo que conozco bien porque lo he trajinado bastante y me ha trajinado bastante a mí. Antes las separaciones dolían. Ahora creo que ha sido un sueño lindo conocer a tantas personas”, dice.  Y hay cosas a las que no renuncia. “He sido enamoradizo y lo sigo siendo. No paro porque creo que la mujer es un complemento de la creatividad, que los griegos no se equivocaron cuando inventaron la idea de las musas. Hasta podría decir que, en mí caso, cada cosa que he moldeado ha sido en homenaje a una mujer”.
Ahora prefiere vivir solo porque dice que “es lo mejor”. Aunque no niega estar siempre “bien acompañado”, en su casa solo tienen cabida sus hijos-cuando vienen de visita- y su hermana mayor Elvira, de casi 100 años. Para los nueve herederos Delfín esparcidos en varias partes del mundo, tiene solo elogios. “Son todos chicos agradables y exitosos, que se quieren mucho a pesar de la distancia y de tener diferentes madres”, dice.  Junto con ellos ha creado la Asociación Víctor Delfín con el compromiso de que el espacio y las obras perduren más allá del tiempo de Víctor en este mundo. “No quiero que se le llame museo, quiero que se conozca como la casa de un artista que ha sido muy feliz aquí, que ha tenido grandes oportunidades de conocer a gente interesante y que ha dejado sus obras para el público que venga”, dice. La muerte no es algo que le provoque temor: “Soy agnóstico. Dejé de creer hace mucho. Para mí, que soy alguien que está todo el tiempo en actividad y siempre buscándole tres pies al gato, creo que la muerte sería un merecido descanso.  La verdad es que no me preocupa. Lo que quisiera  es aprovechar el tiempo lo más que pueda y sacarle el jugo en todo sentido. Quiero terminar algunas cosas que aún tengo en la cabeza y luego, puede ser cualquier día. No tengo ningún remordimiento ni me siento frustrado. Tampoco puedo decir que me siento realizado porque es imposible, todos tenemos sueños que no se completan, ambiciones que no se concretan, ilusiones que quedan siempre pendientes…”. Pero en su caso,  viéndolo vivir con tanta intensidad y serenidad uno llega a creer que no hay mucho más que pedir y que el destino sí tiene favoritos. “La gente cree que tengo muchísimo dinero, pero lo cierto es que esta casa me llegó como me han llegado muchas cosas en mi vida, de manera rara e inesperada.  El otro día me preguntaron dónde estaba el paraíso y yo les contesté que queda en Domeyer 366, mi casa.”.

viernes, 15 de julio de 2011

Mujer de bandera

Una disculpa pública por los años de incomprensión, hecha por su hermana- la también periodista Patricia del Río-, nos llevó hasta María Luisa. Mujer directa y sensible, acepta hablar del costo de ser fiel a los sentimientos y de las batallas ganadas.


Foto: archivo MLDR
María Luisa del Río tiene 42 años, una hija de seis, un matrimonio roto y la convicción de que, en su caso, el amor no entiende de géneros. Es curiosa y por eso viaja, por eso es periodista. Ha dejado que la vida la sorprenda. Habla con serenidad y no esquiva ninguna pregunta aunque a ratos la discreción sea un imperativo autoimpuesto que la pone a salvo de los conflictos familiares y los recuerdos dolorosos.
Fue una niña inquieta y una adolescente a la que le gustaban los deportes “de chicos”. De adulta fue mesera en Manhattan, estudiante de comunicaciones y, finalmente, terminó escribiendo porque lo hacía bien. Vivió en la selva por amor,  se arriesgó a las críticas también por amor  y no se resignó a vivir en ningún clóset. Ahora solo defiende  su libertad. Por eso en su casa solo tienen cabida su hija Núa y su perro Félix. Allí nos recibe al mediodía de un sábado tranquilo.
Han pasado ya tres años desde que le dijo a su familia que se separaba de su esposo porque se había  enamorado de una mujer; hace dos que hizo público ese amor en televisión y hace exactamente una semana que su hermana, la también periodista Patricia del Río, le ofreció por primera vez, a través de la columna en un diario, una disculpa pública por no haber comprendido, por no haberla apoyado. “Me parece lindo que lo haya hecho y que mi familia lo lea. No era necesaria para mí pero tal vez sí para ella”.
Con su decisión María Luisa  dejó atrás casi 11 de relación con un ingeniero español. “Nada de lo que hice o dije fue un error. Era simplemente yo con esa situación tan compleja y tan nueva. No tenía intención de lastimar a nadie, sí tenía mucha torpeza y estaba profundamente enamorada”, dice. La destinataria del arrollador sentimiento y desencadenante de esta nueva orientación en su vida era mayor que ella,  alemana, partera y también estaba casada. Dice María Luisa que solo se demoró tres meses en confesárselo a ella y a su esposo. “Y eso porque en ese tiempo no la vi. Y fui yo quien habló primero porque jamás me he reprimido en decir lo que siento  aunque lo que siento no sea fácil o bonito. Nunca he tenido miedo de sentir”, dice.
 Ese fue el fin de un matrimonio de cuatro años,  una historia que se había iniciado en Santa María de Nieva mientras ella hacía un reportaje y él era voluntario en una ONG que trabajaba con las comunidades de la zona. Cuando le pregunto a María Luisa sobre esa relación me dice que fue “un amor apasionado, profundo, también lleno de decisiones radicales”. Y no es difícil de creer: ella  dejó su carrera en Lima y se mudo al medio de esa selva para  vivir con él. Y allí se quedaron por casi 4 años trabajando entre aguarunas y huambisas. Después se marcharon al norte, pusieron un bar en Huanchaco y, en el 2002, regresaron a Lima.
 Tiempo después, y a pesar de que a  María Luisa siempre le ha costado  lidiar con  la rutina, los roles establecidos, el compromiso, incurrieron en el matrimonio. “Me casé porque quería hacer lo que veía hacer  y probarme que esto era posible. Además, quería ser mamá y que mi hijo tuviera una familia”. Su hija Núa nació poco después, en el 2005. La niña es, para la libérrima viajera, un desafío constante a esa vocación  de no estar atada a nada ni a nadie. “El matrimonio se había convertido en una rutina donde la comunicación se limitaba a los temas domésticos. Lo más triste fue descubrir que nosotros ya no hablábamos de lo que sentíamos. Y en medio de eso, este nuevo sentimiento me sorprendió. Algo tenía que hacer.”, me dice. Con la misma naturalidad con la que habla sobre sus viajes me dice que siempre le  pareció que “todos éramos un poco proclives a todo”,  pero que nunca había tenido la oportunidad de experimentar una relación con otra mujer y por lo tanto no sabía si le gustaba o no. “Había tenido amigas mujeres muy cercanas pero nunca hubo un deseo carnal reprimido de por medio. Esta era la primera vez en la vida que me gustaba una mujer”, asegura. Lo que sí sintió siempre es una fuerte conexión y  afinidad con las  mujeres. “Hasta ahora,  eso es  lo que me hace estar en este camino y no en el otro. No descarto nada pero siento que en este momento de mi vida, y tal vez para siempre, con las mujeres me siento más cómoda y más libre de ser quien soy, sin tener que asumir ese patrón de lo que se espera de una mujer: bonita, perfecta, buena madre”. 
Aunque prefiere no recordar los detalles del fin de su relación matrimonial, reconoce que fue un momento terrible pero inevitable. “A nadie le gusta oír una cosa así, pero tuve que decir toda la verdad. Si te enamoras de una mujer y no se lo dices a tu pareja hombre, creo que es un doble engaño porque allí sí no existen posibilidades de reconquistarte. Tienes que dejar que él viva lo que tiene que vivir, porque seguir con una gran mentira  sólo porque para ti  es tragar mucho sapo decirle lo que está pasando, me parece una crueldad”. Tras el terremoto de la noticia pasó algo más de  un año antes de que las cosas se calmaran y ellos pudieran construir una nueva relación de padres amigos.
 A pesar de lo difícil del proceso, dice que no se arrepiente de nada.  Y eso que su nueva relación también terminó. “Se hizo todo muy difícil,  primero por la distancia, luego por todo lo que se dio alrededor. Eso provocó las peleas y luego el final. Pero aún  hoy cuando nos encontramos, nos abrazamos muy fuerte”, me dice sin ocultar una mirada melancólica. “Hasta ahora me alegro de haber dejado actuar a mi corazón. Incluso creo que ahora no tengo a mi corazón tan suelto como lo tuve en ese momento. Quizás  por miedo, porque todo fue muy doloroso”, agrega.
Foto: archivo MLDR


Mirando atrás
Es la segunda de cinco hermanos. En casa, con un padre abogado y una madre profesora, María Luisa siempre fue diferente. “Mientras Patricia se pasaba todo el tiempo leyendo, yo jugaba fútbol, trepaba árboles, tenía amigos hombres. Era un poquito ahombrada, en realidad me divertía más con los hombres, no entendía mucho eso de las muñequitas. Creo que allí se estaba gestando un estilo, ¿no?”, dice y ríe. Pero en la adolescencia hizo lo que toda chica de su edad: tener enamorados, escribir en su diario. Solo llamaba la atención su marcada  afición por algunos deportes en ese tiempo no aptos para chicas. “De pronto pedía cosas  que nunca me iban a dar, como una tabla de surf o un skate”, dice. Esos se los compró ella misma años después. Y también empezó a viajar. Estuvo en los Estados Unidos por una temporada y a su regreso empezó sus viajes por el Perú, que es lo que más despierta su curiosidad.
Su llegada al periodismo escrito tampoco fue un plan largamente postergado. Tras terminar sus estudios de comunicación audiovisual y descartar rápidamente un futuro en la realización de documentales, empezó a practicar como redactora en un suplemento cultural y luego en el diario El Mundo. “Mis jefes y yo misma descubrimos que tenía talento para escribir, así que decidí mantenerme en eso. Fue una sorpresa para mí que nunca fui una gran lectora aunque sí había escrito algunas historias cuando era niña”. Ahora, familiarizada con el oficio de narradora, lleva publicados dos libros  de relatos cortos. Uno de ellos, Sin mirar atrás, recoge las historias que escribió durante su estadía en la selva. El otro es un conjunto de crónicas de viaje sobre el Cusco.
Prefiere no mostrar a su pareja actual, a su hija o a su familia. Así evita, dice, revivir  los conflictos del pasado. “No quiero que ese tren me vuelva a atropellar. Quiero pasar mi vida tranquilamente. Cuando estoy solo yo en juego, no tengo problema en mostrarme y, si mi historia sirve de algo, mejor. Tampoco  me gusta decir que tengo pareja, pero más por una cuestión de sentirme libre. Prefiero decir, y mi pareja lo sabe, que somos amigas con derechos”, dice entre risas.
Pocas cosas parecen figurar en la lista de certezas de María Luisa el Río. Pero una de ellas es su visión del matrimonio. “Yo pienso que el matrimonio es un acto fallido. Yo no me  volvería a casar nunca más. Como institución no es una buena idea, por eso no me interesa participar en las campañas para que se apruebe el matrimonio entre personas del mismo sexo. La convivencia tan estrecha con otra persona, la combinación de economías y  esa necesidad que se va creando de estar siempre juntos, hacer todo juntos, creo que no son muy reales y llevan inevitablemente al aburrimiento”, dice. Algo que dice haber comprobado en su propio matrimonio. Ahora, solitaria y celosa de su espacio personal, dice solo estar dispuesta a una relación libre de ataduras y compromisos. “Bastante tengo ya con aguantarme a mí misma como para estar tratando de interactuar a ese nivel tan estrecho con otra persona”, dice.
Si hay algún espacio de concesiones es el que tiene su hija Núa, que ahora tiene seis años. “La maternidad es algo que voy a agradecer toda la vida. Te hace mejor hija y te humaniza mucho. Incluso  a veces me reclamo a mi misma no haber tenido por lo menos dos”.
¿Y qué va a pasar cuando tengas que hablar con ella del tema de tu sexualidad? – le digo.
“Ahora ella sabe y ve sólo lo que una niña de su edad debe. Nada más. Yo sé que en algún momento, Dios no lo quiera, esto me va a traer algún tipo de conflicto con mi hija. Tal vez cuando vaya creciendo quiera, o me reclame, que todo sea más normal, pero le diré lo mismo que le dije el otro día: Hijita, soy la única mamá que tienes, así que no queda más que aceptarme”. Aunque sabe que ese pedido no es ni será tan fácil de lograr. “Sé que este camino es solitario, son tus sentimientos,  ni siquiera los de tu pareja. Es mirarte y decir, esto siento, esto soy, guste o no guste.  Creo que lo peor en el mundo, algo que no le hace bien ni a la mente ni al cuerpo, es reprimir todo aquello que, siendo nuestro, no le hace daño a nadie”, dice.
Pero, ¿esto sí lastimó varias personas?, pregunto.
-          Sí, pero era mi vida, me dice.
Y tiene razón.

viernes, 11 de marzo de 2011

Rápido y furioso

Su trabajo es ser comentarista y su afición es la bravuconería.  Excesivo, vanidoso y varias veces machista, Phillip Butters sembró la polémica con sus declaraciones homofóbicas. Oportunidad perfecta para escarbar en las profundidades de su "filosofía".                                                                                    

En Phillip Butters se combinan peligrosamente un ego elefantiásico y una lengua afilada. Más que un estilo directo lo suyo es una vocación por la honestidad brutal. “Yo no soy homofóbico. A esos pezuñentos que fueron a gritar en la puerta de la radio yo los he atendido de las mil maravillas y con el mayor cariño en mi programa. Pero el que se mete conmigo y con mi familia, se caga”, dice el hombre de apellido inglés y gatillo fácil. Es anti chileno, defiende a Fujimori y le gustan las corridas de toros. Implacable con sus enemigos, la traición lo exaspera tanto como la mariconada.
Tiene el ceño fruncido y parece estar siempre en guardia, preparado para responder a un ataque. Habla sin parar. Dice que no le gusta que lo ataranten y exige respeto para él, pero le cuesta dar eso mismo a los otros: “Por qué el imbécil de Carlín no va a burlarse del rabino Abraham Benhamú. ¡Ah! ¡!Porque el que le paga el mejor sueldo de su vida es un judío! La cantidad de periodistas que son homosexuales y me pegan a mí por lo que dije son una manga de cobardes. Si tanto aplauden que vayan a chapar otros, que vayan a chapar ellos”, dispara como queriendo retarlos.
Dice que todos lo apoyan en la calle y no le importa el rechazo que genera en lo que él llama la minoría de la minoría. “El 99.9% de los homosexuales del Perú están de acuerdo conmigo y esa no es una opinión sino un hecho. De todos modos yo siempre he sido así, una ladilla. No me interesa ser políticamente correcto. Y la gente me apoya porque tiene sentido común”, asegura.
Sólo cuando habla de su familia aplaca sus iras,  suaviza su tono y dibuja algo parecido a una expresión serena.   Pero cambia de inmediato al hablar de sus enemigos que ahora, más que nunca, él cree que lo acechan. “Nunca le des a tu enemigo la propia bala con la que te va a matar”, me dice para esquivar preguntas y evitar fotos con su familia. Luego niega que lo suyo tenga que ver con el temor. “Yo no sé cómo se escribe esa palabra”, aclara.
Algo que tampoco conoce es la sutileza o el fino sentido del humor. En la cabina de radio y dirigiéndose a una de sus invitadas del día, la congresista Cenaida Uribe, dice que “es casado pero no fanático” y que si cambia a su esposa rubia por una morena como ella hasta el movimiento Lundú lo aplaudiría. Sus declaraciones destempladas sobre las manifestaciones homosexuales, le están pasando factura. “Lo que pasa es que en este país está prohibido tener personalidad y decir lo que uno piensa. Acá  hay que ser suavecito, blandengue, hablar en diminutivo.  Eso me jode.”, se queja.  Entonces él, que no “edulcora” sus comentarios, navajea: “Me dicen bravucón. ¿A quién le he pegado yo? A nadie. No he lanzado el segundo golpe, todavía. Más bien el amenazado soy yo. Al que le han faltado el respeto es a mí.”
Butters, que proclama que “hay que tener respeto en todo orden de cosas”, niega ser homofóbico  pero  cuando habla de los homosexuales no puede evitar el  tono burlón. “Yo respeto incluso a un maricón, ese que es ya una castañuela. Y si es una loca desatada está bien, pero que no lo sean en el té de tías de mi mamá, pues. ¿Qué tiene que ver acá esto de los derechos humanos?,  Acá lo que tiene que ver es el Manual de Carreño”, lanza. Luego matiza con lo que él cree es un ejercicio de tolerancia. “Yo tengo amigos gays pero definitivamente los heterosexuales no son iguales a los homosexuales.  Si lo que quieren es igualarse a la mayoría, eso no va a pasar nunca”, dice.
¿Y qué pasaría si, en el futuro, una de tus hijas te dice que es lesbiana?- le digo.
 “Si mi hija el día de mañana me dice que es lesbiana vendrá a pasar la Navidad  conmigo y con su pareja sin problema pero lo que yo no voy a permitir es que se ponga a chapar en frente de la mamá ni de la abuela. Yo exijo respeto, nada más”, argumenta pero no convence demasiado. Ha  empezado su respuesta diciendo que sus hijas son sanas y felices porque “son fruto del amor y de un hogar bien constituido”. Como si la homosexualidad algo tuviera que ver con la suma o resta de estos factores.
Le tiene miedo al ridículo pero su constante autobombo como que lo deja en un terreno cercano al purgatorio. Se considera un ser humano medianamente cultivado pero el machismo le brota por los poros. Algo de lo  que, se diría, se siente orgulloso. “Yo soy machista ilustrado, con argumentos. Las mujeres tienen que ser bonitas y usar minifalda. Mi esposa es administradora de empresas pero ahora, como es lógico, se dedica criar a mis hijas. Porque uno pone sus reglas. Yo le dije: nos casamos y te olvidas del trabajo”, dice. Luego, agrega una frase delirante. “Soy un machista que las feministas deben adorar porque mi esposa vive como una reina: le doy todo lo que necesita: cariño, amor, protección, cobijo, joyas, la caliento, la enfrío”. La destinataria de tan dudosos privilegios es una arequipeña a la que Butters confiesa haber elegido porque “es dulce y suave, orgullosa, tiene estirpe y no es una hija de vecino”.
 Se jacta de esa elección tanto como de tener esquina y de su arrastre popular. “Siempre he sido el mejor pagado porque soy el que más produce. ¿Tú crees que a Rodrich los taxistas lo quieren como me quieren a mí? ¿O que a Rosa María llega a los cerros como yo llego? Yo paro el tráfico en San Isidro y en Parinacochas. Eso se llama ser multitarget. Yo soy un tipo publicitariamente bendecido”, dice desbocando otra vez su vanidad.
Pituco de barrio
Maneja un BMW, no usa medias y lleva en el dedo meñique un anillo con el escudo de  la familia Butters. De su apellido se siente tan orgulloso como de nunca haber probado drogas “porque no es cojudo”. Confiesa que  “como todos los hombres, he ido de putas. De joven y de viejo también”. Le gusta llamar la atención y siente que es un líder de opinión. Si no fuera por su exceso de peso se parecería, tal vez más de lo que quisiera, a los futbolistas nuevos ricos que crítica sin piedad.
El dinero es un tema recurrente en su conversación: lo que gana, lo que gasta, lo que quiere tener. “El dinero te da independencia, libertad. Yo no vivo para tener dinero como loco pero  no soy idiota para decir que no importa. El que piensa que no es importante será un asceta o un millonario”. Y esto último es lo que a Phillip le gustaría ser. Para lograrlo  tiene cuatro trabajos “porque la plata no llega sola” y a él le gusta la buena vida. “A mí no me ataranta la plata y el poder. Yo a todos los dueños de canal los he tratado de tú a tú. La única diferencia entre Baruch Ivcher y yo son unos cuantos millones de dólares”, dice.
Hincha declarado de Universitario, dice que en las peleas puede empatar, nunca perder.  No tiene talento musical y su sensibilidad es discutible.  “Me emociona un gol, un toro, un torero. Si yo fuera un animal quisiera  ser un toro y morir en una plaza, no en un camal. Quiero morir peleando, tratando de matar a quien me quiere matar. No hay mejor muerte que la de un toro”, asegura. Sin embargo,  no se atrevería a pararse frente a uno.
La idea de la muerte es algo que lo persigue. Su padre murió a los 42 años por un problema coronario. Phillip tiene ahora 43.  “Me da miedo no por mí sino por mis hijas. Yo sé lo que es crecer sin padre. Éramos muy unidos. El era un hombre bueno, muy compasivo, paciente, tranquilo, super educado, nunca dijo una lisura. Sus modales eran la antítesis de los míos. Era un verdadero caballero inglés. Hasta el día de hoy no ha pasado un solo día de mi vida que no me acuerde  de él. Sólo quien lo ha vivido me entiende. Mi hija hace un gesto como el que hacía mi papá y yo nunca se lo he enseñado, imagínate lo que puedo sentir”, me dice en un rapto de auténtico sentimentalismo.
Es un anti chileno convencido. “¿Tu quieres a tus enemigos, al que te roba el mar, al que te minimiza, al que te quiere invadir con sus capitales y comprar tu conciencia por plata? Yo no puedo ser pro chileno. Quieren comprar todo, pero a mí no me compran. Yo no negocio mi libertad”, dice seguramente recordando que un gerente chileno lo echó de Frecuencia Latina por sus opiniones. “Ellos quieren hacernos daño, sus cañones apuntan al cuello de mi hija, ¿y quieren que yo los aplauda?, ¿porque eso es lo políticamente correcto, porque las inversiones fluyen y el capital no tiene nacionalidad?. Eso lo dicen los imbéciles y los liberales” agrega.
Pero sus criterios sobre lo injusto cambian al hablar sobre Alberto Fujimori. “Fujimori tiene sus luces y sus sombras. Fue dictador porque el pueblo lo quiso y estuvo bien. Hizo lo que tenía que hacer. Su mayor error fue renunciar. Ahora está condenado por un supuesto. Lo que han hecho sus adversarios es victimizarlo y ahora lo más probable es que Keiko sea presidente y que la historia lo reivindique.”, pronostica. Una defensa extraña para alguien que considera que “en la traición se conglomeran los defectos más viles del ser humano: la cobardía, la deslealtad, la envidia”.
“Yo no estoy en la televisión por las mismas razones que Hildebrandt no está. La diferencia es que yo he tenido bastantes más ofertas que él. Y no sólo me han ofrecido deportes”, fanfarronea.  Muchos lo quieren, muchos lo odian. Butters hace todo lo posible  para que la polémica en torno suyo se mantenga viva. Es hijo de un caballero inglés a quien quiso mucho. Quizá no ha pensado que el mejor homenaje que podría rendirle a su padre sería imitarlo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Solo contra el poder, solo contra el mundo


Confesiones del muchacho que le gritó corrupto a Alan

Para Richard Gálvez León una cachetada lo cambió todo. Su enfrentamiento con el presidente le ha valido una fama repentina, inimaginable para él, que fue, siempre, el actor secundario de su propia vida.
Ahora se pasea por oficinas judiciales acompañado de abogados y cámaras de televisión. Por ratos parece divertirse con la atención que genera. En otros momentos luce como  un niño asustado. No imaginó todo lo que su exabrupto provocaría.
En persona, y cuando no hay cámaras acompañándolo, es un chico retraído, de mirada perdida  y movimientos dudosos. Tiene el cabello largo y en su nariz la huella de ese sábado exaltado.  No es ni fornido ni alto. Es más bien un muchacho esmirriado  y sin mucho porte.  Nadie diría que es capaz de tener ese rapto kamikaze que le  valió una golpiza: enfrentarse al voluminoso mandatario y su séquito de seguridad.
 Nos observa temeroso. Desconfía de todo y de todos. Ahora hasta parece que la buscada notoriedad lo incomoda. Nunca le han preguntado cómo se siente, de dónde viene, a dónde va. 
Su actitud cambia cuando empieza a  hablar del presidente o de los abusos que vivió ese día. Entonces se transforma en un joven impulsivo, que habla con apasionamiento. Su tono se enciende y su mirada se llena de rabia. Después aplaca su ánimo y confiesa que tiene temor a que algo le pase. Está algo paranoico. Dice que lo siguen en la calle y que sus teléfonos están intervenidos. En él se mezclan emociones encontradas y por momentos hasta parece que fueran personalidades diferentes: una es la de un niño curioso que a veces sonríe y la otra es la de un joven intolerante, furibundo con todo y casi con todos.
Lo acompañamos al cuarto que alquila por 140 soles al mes: es un espacio de no más de 2x2 metros cuadrados en el tercer piso de una quinta del Centro en Lima: piso de cemento, puerta de madera, olor a humedad. Allí vivía hasta hace unos días. Allí conservaba  todos los tesoros que su magro sueldo de vigilante le permitió comprar: una cama,  una bicicleta, una colección de discos.
Ahora el lugar está casi vacío. Se está mudando a casa de uno de sus tíos, en Los Olivos. Teme que los enemigos ganados tomen venganza. “Mi colección de Michael (Jackson) es lo primero que saqué de aquí, es lo más valioso que tengo”. Es que Richard conserva, a pesar de sus 27 años, algunos rasgos de fanatismo adolescente. Ha cosido en sus camisas un cintillo negro en homenaje al cantante y pertenece a dos clubes de fans.
Cuando el pasado marca
Su reciente, y seguramente fugaz, fama no ha borrado el resentimiento que carga desde la niñez y parece pesarle de más. Dice que quiere quitarse el apellido de su madre. “Nunca han sido sinceros conmigo. No me han tratado bien”, dice.
Richard es el resultado de una niñez inestable, saltando de una casa a otra. “Mi madre es una mujer discapacitada que nunca pudo hacerse cargo de mí ni de mis hermanos”, dice. En realidad, la mujer anda en muletas por dos fracturas sucesivas de cadera. Richard es misterioso cuando habla de ella. No sé por qué me quedo con la idea de que algo ha querido decirme respecto del cociente intelectual de su madre.
Su padre es  un vago recuerdo y una ausencia constante. “Era aprista acérrimo. Se fue a Estados Unidos cuando yo tenía un año. Nunca lo volví a ver”. Desde entonces, sólo hubo llamadas esporádicas. Desde entonces, Richard siempre fue un hospedado de favor. “Primero viví en casa de mi abuela materna, hasta los 10 años y luego  me llevó mi tía”, dice. No guarda muy buenos recuerdos. “Me sentía discriminado. Mi tía, al comienzo, quiso hacerse la buena pero luego hacía muchas diferencias entres sus hijos y yo. Me humillaba. Entonces aprendí que uno conoce de verdad a las personas cuando vive con ellas”, dice.
Sólo esperó poder valerse por sí mismo y a los 17 años  decidió  marcharse. “Terminé el colegio en la nocturna y, como no me gustaba ser el pobrecito, me fui”. Vivió un tiempo con su madre, pero los conflictos empezaron pronto. “Me peleaba con mi hermano mayor porque era faltoso. Trataba mal a mi madre. Ahora no pido nada a nadie”.  Para mantenerse dice que trabajó vendiendo ambulatoriamente fundas para controles remotos y luego como obrero de construcción civil. Allí escuchó a sus compañeros hablar sobre el servicio militar  y  “por curioso” decidió presentarse para prestarlo en la Fuerza Aérea del Perú. Tenía 23 años y no había pasado por ninguna universidad. 
Allí estuvo sólo 10 meses hasta que fue dado de baja por presentar una queja contra un coronel que había recibido un auto nuevo. ”Le habían regalado un auto y yo averigüé que costaba 35,000 dólares. Me pareció indignante porque, mientras eso sucedía, la tropa pasaba necesidades. Entonces, me quejé. Lo que no me imaginé es que mi carta de protesta iría a parar a manos del mismo coronel”. ¿Una ingenuidad superlativa?
Tres meses antes de lo de la carta Richard le había roto la cabeza a un compañero con su fusil de reglamento. “Estaba  muy molesto. Ese día estuve de servicio, luego me enviaron de comisión al Congreso con mi unidad para hacer guardia, no nos recogieron  a tiempo y se me había  hecho tarde para ir a estudiar. Entonces mis compañeros empezaron a burlarse. Este compañero me insultó, nos dimos codazos, chompazos y entonces yo le pegué con mi fusil en la cabeza”. Comenta el hecho entre risas, como un niño, con la inconsciencia de quien es incapaz de medir consecuencias o daños colaterales.
Dice que se arrepiente de haber elegido a la FAP. Lo único bueno que sacó, mientras estuvo allí, es que empezó a estudiar mecánica automotriz. “Yo me decía:  Richard cómo tú que eres persona a la que todos quieren, a la que se le abren todas las puertas, vas a estar en esta institución que no va con tu prestigio”, dice casi alucinando. Pero aunque trate de convencerse (y convencernos) de que hay mucha gente que lo quiere y que tiene muchos amigos, lo cierto es que  ha estado siempre solo. 
Todo pasó como jugando
Más tarde, se hizo voluntario. Primero de la Cruz Roja y luego de una brigada de la municipalidad de San Borja con la que, dice,  fue hasta el Pisco post terremoto. “Yo encontré cuatro cuerpos. Ya era civil. De ellos, de la destrucción y del abandono  me acordé cuando le grité al presidente”, cuenta.
Hace cinco meses llegó al programa Kúrame luego de ver por casualidad la convocatoria. “Pasaba por el parque Kennedy, había ido a buscar unas cosas de Michael Jackson y vi esto del voluntariado. Me pareció excelente  porque podía elegir cualquier día, lugar y hora para ir. Iba siempre los domingos, en mi día libre. El día que todo pasó fue el único sábado que se me ocurrió ir. Salí de mi turno nocturno de vigilante y me fui.”.  Una casualidad que no se sabe si lamenta o agradece.
Trata de explicar de dónde surgió ese impulso. “A mí me gusta la política, estoy enterado de todo lo que pasa. De pronto, cuando vi al Presidente, pasó por mi cabeza como una película: la corrupción, la situación actual. Entonces no lo pensé mucho y lo dije. Pero sólo le grité “corrupto”. Y me encantó. De verdad.  No le dije nada más. Cómo me voy a meter con su mamá, si yo tengo la mía que está enferma y a mi abuela que también es anciana”, se defiende.
“Yo no le dije que es un hijo de puta, pero es evidente que ese señor se siente así. Por eso piensa que todo el mundo se lo dice”, remata. Vuelve al ataque. Y lo hace otra vez sin calcular consecuencias, sin tener límites. Tal vez porque nada tiene  que perder. “Si hubiera tenido esposa e hijos, no lo hubiera hecho. Pero como soy solo, medio loco, adrenalina, entonces dije lo que todos tenían ganas de decirle. Porque acá nadie cree en su Gobierno pero comprendo que no se atrevan a decir nada”, dice exultante.
Pero aunque tiene esa libertad, que más se parece al desamparo, a Richard debe pesarle la soledad. Acude a su abuela, la mujer que lo crió.  En  ella tampoco encuentra el apoyo que espera. Al llegar a su casa la anciana duda en dejarlo entrar. No quiere verse envuelta en el problema. Luego de un momento accede.  “Esto ha sido una palomillada de muchacho, una inconsciencia. Pero él es un chico tranquilo que se hace cargo de su madre, que es una mujer enferma. Siempre ha querido salir adelante”, dice la anciana. “Cómo te vas a enfrentar. Frente a él (el Presidente) eres un ave con las alas cortadas y él es un cóndor”, le dice a su nieto. 
Él la mira con decepción y le reprocha tener que estar una y otra vez solo, sin apoyo. Entonces, parece exaltarse de nuevo. Recuerda sus años de invitado no deseado en casa de  su tía, los ojos se le ponen rojos, le recrimina implacable a la anciana que finge no oírlo. ”Esa es la verdad abuela, aunque no te guste. Por eso soy frío. Así me crió tu hija”.  De pronto, se para abruptamente y sale. Antes de hacerlo, le dice: “Está bien abuela, ya entendí que no quieres apoyarme. Chau.”. Prefiere la huida. Prefiere recordar que ahora  en la calle la gente lo respalda y le tiene cariño. “Es bacán que te traten bonito.”, dice.
Antes de dejarlo cuenta que  tiene un sueño que le gustaría poder cumplir. “A mí me fascina correr. Yo nací para el deporte. Me gustaría competir. Yo traería el oro para el Perú.  Es medio difícil, las circunstancias no me han permitido cumplirlo. Tal vez algún día.”, dice sin mucha convicción.
Por ahora tendrá que conformarse con logros menos ambiciosos. Volver a conseguir un trabajo- el que tenía como vigilante lo perdió a causa del incidente con el Presidente- y recomponer una vida que parece ya, desde antes, estropeada por la mala suerte.