viernes, 11 de marzo de 2011

Rápido y furioso

Su trabajo es ser comentarista y su afición es la bravuconería.  Excesivo, vanidoso y varias veces machista, Phillip Butters sembró la polémica con sus declaraciones homofóbicas. Oportunidad perfecta para escarbar en las profundidades de su "filosofía".                                                                                    

En Phillip Butters se combinan peligrosamente un ego elefantiásico y una lengua afilada. Más que un estilo directo lo suyo es una vocación por la honestidad brutal. “Yo no soy homofóbico. A esos pezuñentos que fueron a gritar en la puerta de la radio yo los he atendido de las mil maravillas y con el mayor cariño en mi programa. Pero el que se mete conmigo y con mi familia, se caga”, dice el hombre de apellido inglés y gatillo fácil. Es anti chileno, defiende a Fujimori y le gustan las corridas de toros. Implacable con sus enemigos, la traición lo exaspera tanto como la mariconada.
Tiene el ceño fruncido y parece estar siempre en guardia, preparado para responder a un ataque. Habla sin parar. Dice que no le gusta que lo ataranten y exige respeto para él, pero le cuesta dar eso mismo a los otros: “Por qué el imbécil de Carlín no va a burlarse del rabino Abraham Benhamú. ¡Ah! ¡!Porque el que le paga el mejor sueldo de su vida es un judío! La cantidad de periodistas que son homosexuales y me pegan a mí por lo que dije son una manga de cobardes. Si tanto aplauden que vayan a chapar otros, que vayan a chapar ellos”, dispara como queriendo retarlos.
Dice que todos lo apoyan en la calle y no le importa el rechazo que genera en lo que él llama la minoría de la minoría. “El 99.9% de los homosexuales del Perú están de acuerdo conmigo y esa no es una opinión sino un hecho. De todos modos yo siempre he sido así, una ladilla. No me interesa ser políticamente correcto. Y la gente me apoya porque tiene sentido común”, asegura.
Sólo cuando habla de su familia aplaca sus iras,  suaviza su tono y dibuja algo parecido a una expresión serena.   Pero cambia de inmediato al hablar de sus enemigos que ahora, más que nunca, él cree que lo acechan. “Nunca le des a tu enemigo la propia bala con la que te va a matar”, me dice para esquivar preguntas y evitar fotos con su familia. Luego niega que lo suyo tenga que ver con el temor. “Yo no sé cómo se escribe esa palabra”, aclara.
Algo que tampoco conoce es la sutileza o el fino sentido del humor. En la cabina de radio y dirigiéndose a una de sus invitadas del día, la congresista Cenaida Uribe, dice que “es casado pero no fanático” y que si cambia a su esposa rubia por una morena como ella hasta el movimiento Lundú lo aplaudiría. Sus declaraciones destempladas sobre las manifestaciones homosexuales, le están pasando factura. “Lo que pasa es que en este país está prohibido tener personalidad y decir lo que uno piensa. Acá  hay que ser suavecito, blandengue, hablar en diminutivo.  Eso me jode.”, se queja.  Entonces él, que no “edulcora” sus comentarios, navajea: “Me dicen bravucón. ¿A quién le he pegado yo? A nadie. No he lanzado el segundo golpe, todavía. Más bien el amenazado soy yo. Al que le han faltado el respeto es a mí.”
Butters, que proclama que “hay que tener respeto en todo orden de cosas”, niega ser homofóbico  pero  cuando habla de los homosexuales no puede evitar el  tono burlón. “Yo respeto incluso a un maricón, ese que es ya una castañuela. Y si es una loca desatada está bien, pero que no lo sean en el té de tías de mi mamá, pues. ¿Qué tiene que ver acá esto de los derechos humanos?,  Acá lo que tiene que ver es el Manual de Carreño”, lanza. Luego matiza con lo que él cree es un ejercicio de tolerancia. “Yo tengo amigos gays pero definitivamente los heterosexuales no son iguales a los homosexuales.  Si lo que quieren es igualarse a la mayoría, eso no va a pasar nunca”, dice.
¿Y qué pasaría si, en el futuro, una de tus hijas te dice que es lesbiana?- le digo.
 “Si mi hija el día de mañana me dice que es lesbiana vendrá a pasar la Navidad  conmigo y con su pareja sin problema pero lo que yo no voy a permitir es que se ponga a chapar en frente de la mamá ni de la abuela. Yo exijo respeto, nada más”, argumenta pero no convence demasiado. Ha  empezado su respuesta diciendo que sus hijas son sanas y felices porque “son fruto del amor y de un hogar bien constituido”. Como si la homosexualidad algo tuviera que ver con la suma o resta de estos factores.
Le tiene miedo al ridículo pero su constante autobombo como que lo deja en un terreno cercano al purgatorio. Se considera un ser humano medianamente cultivado pero el machismo le brota por los poros. Algo de lo  que, se diría, se siente orgulloso. “Yo soy machista ilustrado, con argumentos. Las mujeres tienen que ser bonitas y usar minifalda. Mi esposa es administradora de empresas pero ahora, como es lógico, se dedica criar a mis hijas. Porque uno pone sus reglas. Yo le dije: nos casamos y te olvidas del trabajo”, dice. Luego, agrega una frase delirante. “Soy un machista que las feministas deben adorar porque mi esposa vive como una reina: le doy todo lo que necesita: cariño, amor, protección, cobijo, joyas, la caliento, la enfrío”. La destinataria de tan dudosos privilegios es una arequipeña a la que Butters confiesa haber elegido porque “es dulce y suave, orgullosa, tiene estirpe y no es una hija de vecino”.
 Se jacta de esa elección tanto como de tener esquina y de su arrastre popular. “Siempre he sido el mejor pagado porque soy el que más produce. ¿Tú crees que a Rodrich los taxistas lo quieren como me quieren a mí? ¿O que a Rosa María llega a los cerros como yo llego? Yo paro el tráfico en San Isidro y en Parinacochas. Eso se llama ser multitarget. Yo soy un tipo publicitariamente bendecido”, dice desbocando otra vez su vanidad.
Pituco de barrio
Maneja un BMW, no usa medias y lleva en el dedo meñique un anillo con el escudo de  la familia Butters. De su apellido se siente tan orgulloso como de nunca haber probado drogas “porque no es cojudo”. Confiesa que  “como todos los hombres, he ido de putas. De joven y de viejo también”. Le gusta llamar la atención y siente que es un líder de opinión. Si no fuera por su exceso de peso se parecería, tal vez más de lo que quisiera, a los futbolistas nuevos ricos que crítica sin piedad.
El dinero es un tema recurrente en su conversación: lo que gana, lo que gasta, lo que quiere tener. “El dinero te da independencia, libertad. Yo no vivo para tener dinero como loco pero  no soy idiota para decir que no importa. El que piensa que no es importante será un asceta o un millonario”. Y esto último es lo que a Phillip le gustaría ser. Para lograrlo  tiene cuatro trabajos “porque la plata no llega sola” y a él le gusta la buena vida. “A mí no me ataranta la plata y el poder. Yo a todos los dueños de canal los he tratado de tú a tú. La única diferencia entre Baruch Ivcher y yo son unos cuantos millones de dólares”, dice.
Hincha declarado de Universitario, dice que en las peleas puede empatar, nunca perder.  No tiene talento musical y su sensibilidad es discutible.  “Me emociona un gol, un toro, un torero. Si yo fuera un animal quisiera  ser un toro y morir en una plaza, no en un camal. Quiero morir peleando, tratando de matar a quien me quiere matar. No hay mejor muerte que la de un toro”, asegura. Sin embargo,  no se atrevería a pararse frente a uno.
La idea de la muerte es algo que lo persigue. Su padre murió a los 42 años por un problema coronario. Phillip tiene ahora 43.  “Me da miedo no por mí sino por mis hijas. Yo sé lo que es crecer sin padre. Éramos muy unidos. El era un hombre bueno, muy compasivo, paciente, tranquilo, super educado, nunca dijo una lisura. Sus modales eran la antítesis de los míos. Era un verdadero caballero inglés. Hasta el día de hoy no ha pasado un solo día de mi vida que no me acuerde  de él. Sólo quien lo ha vivido me entiende. Mi hija hace un gesto como el que hacía mi papá y yo nunca se lo he enseñado, imagínate lo que puedo sentir”, me dice en un rapto de auténtico sentimentalismo.
Es un anti chileno convencido. “¿Tu quieres a tus enemigos, al que te roba el mar, al que te minimiza, al que te quiere invadir con sus capitales y comprar tu conciencia por plata? Yo no puedo ser pro chileno. Quieren comprar todo, pero a mí no me compran. Yo no negocio mi libertad”, dice seguramente recordando que un gerente chileno lo echó de Frecuencia Latina por sus opiniones. “Ellos quieren hacernos daño, sus cañones apuntan al cuello de mi hija, ¿y quieren que yo los aplauda?, ¿porque eso es lo políticamente correcto, porque las inversiones fluyen y el capital no tiene nacionalidad?. Eso lo dicen los imbéciles y los liberales” agrega.
Pero sus criterios sobre lo injusto cambian al hablar sobre Alberto Fujimori. “Fujimori tiene sus luces y sus sombras. Fue dictador porque el pueblo lo quiso y estuvo bien. Hizo lo que tenía que hacer. Su mayor error fue renunciar. Ahora está condenado por un supuesto. Lo que han hecho sus adversarios es victimizarlo y ahora lo más probable es que Keiko sea presidente y que la historia lo reivindique.”, pronostica. Una defensa extraña para alguien que considera que “en la traición se conglomeran los defectos más viles del ser humano: la cobardía, la deslealtad, la envidia”.
“Yo no estoy en la televisión por las mismas razones que Hildebrandt no está. La diferencia es que yo he tenido bastantes más ofertas que él. Y no sólo me han ofrecido deportes”, fanfarronea.  Muchos lo quieren, muchos lo odian. Butters hace todo lo posible  para que la polémica en torno suyo se mantenga viva. Es hijo de un caballero inglés a quien quiso mucho. Quizá no ha pensado que el mejor homenaje que podría rendirle a su padre sería imitarlo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Ninfómanas: por amor al deseo

                                                                                                           

Ávidas de  placer, siempre dispuestas a darle una alegría al cuerpo propio y ajeno, insaciables.  Así diseña la historia a las ninfómanas  y esa es la  imagen que calienta algunas  fantasías masculinas. A las mujeres modernas que disfrutan de su sexualidad sin límites ni represiones, sin embargo, el estereotipo de la devoradora de hombres parece no calzarles. Simplemente quieren probar. No están satisfechas y piden más. 

Inspiradas en las ninfas,  bellas deidades de la mitología griega que gustaban de los placeres, aquellas mujeres de temple volátil y desenfrenado deseo sexual hacia el hombre son encasilladas dentro del renglón de las ninfómanas.  Un término que desde su definición lleva al terreno de lo relativo: aquella que muestra un deseo sexual “anormalmente intenso e incontrolable”. Hoy en día hasta los especialistas reconocen que no hay reglas absolutas para determinar cuánto es demasiado.
Alfred Kinsey, precursor en el estudio del comportamiento sexual humano en los Estados Unidos, trató con ironía el asunto de la ninfomanía: afirmaba que una  ninfómana es sólo “alguien que tiene más sexo que tú”, estableciendo la condición absolutamente relativa en cuanto a los límites de la normalidad en materia de apetencias y necesidades sexuales.  Y es que en un mundo de libertad en el  ejercicio de la sexualidad, es difícil definir en qué momento querer más se convierte en patológico. Hasta el infinito puede ser saludable.
El mito, sin embargo, se ha encargado de construir biografías imposibles y hazañas que todos los García Márquez de este mundo llamarían babilónicas.
Fue Valeria Mesalina tal vez  más representativa entre las denominadas ninfómanas de la historia. La tercera mujer del emperador romano Claudio fue emperatriz y al parecer  esclava del placer, como rezan algunas descripciones que sobre ella se han escrito. Protagonista de innumerables proezas sexuales esta  mujer insaciable es aún recordada por los récords  que se le atribuyen y por su legendaria lascivia. Irving Wallace, en su libro Las Ninfómanas y otras maniacas, hace el recuento de algunas de sus más célebres historias. Una de ellas describe sus paseos constantes por las tabernas y  callejuelas en busca de hombres de toda índole. Una vez, dicen,  retó a Escila,  la puta más famosa de Roma, insistiendo en que le era posible satisfacer a más hombres en 24 horas que  su rival. Plinio el viejo apunta que “superó” a su rival “porque en el transcurso de 24 horas cohabitó 25 veces”. Digamos que se puso la varilla muy alta.
También está Cleopatra a la que cierta historia describe como  una mujer depravada y caprichosa, cruel y extravagante, una esclava de sus deseos  que pervirtió a grandes hombres de Roma: primero Julio César y luego Marco Antonio. Subió al trono de Alejandría cuando tenía sólo 17 años y fue, sucesivamente, esposa de sus hermanos Ptolomeo XIII y Tolomeo XIV. De ella se dijo que, sin ser especialmente hermosa, se mostraba sí muy segura de sus atractivos. “Poseía encanto, buenos modales, educación, inteligencia, individualismo. Poseía un aire eróticamente excitante. Poseía la habilidad instintiva de halagar y satisfacer a un hombre o la habilidad camaleónica de mostrarse esquiva o agresivamente apasionada según las circunstancias lo exigieran”, describe Wallace. Tenía  una especie de templo donde coleccionaba jóvenes robustos para los fines consiguientes. Sus incontinencias y su carácter dominante la convirtieron en leyenda.
Otra a la que se le atribuyó el tristemente célebre llamado “furor uterino” fue Paulina Bonaparte, la hermana del emperador francés. Paulina nació en Ajaccio, Córcega, el 20 de octubre de 1780, y  años más tarde se trasladó con su familia al continente francés y comenzó a hacerse notar entre los allegados al ya reputado Napoleón. Quienes la conocieron afirmaron que era de gran belleza y que todos sus defectos se concentraban en su carácter. Tal era su desenfreno que el emperador la instó a casarse para alejarla de esa vida. Según el poeta Arnauld: “Era una combinación extraña de belleza física y la más extraña relajación moral. Si era la criatura más encantadora que jamás hubiera visto, también era la más frívola”. Sus matrimonios, primero con Charles Victor Emmanuel Leclerc, uno de los mejores generales de la República, y luego con Camillo Borghese, un príncipe italiano, no la calmaron. La mujer tenía tantas joyas como amantes y nada la detenía. “Saltaba de cama en cama. Los observadores comparaban su nombre con el de Mesalina. Era sexualmente insaciable. Necesitaba de muchos hombres y necesitaba que le confirmaran constantemente que todos la consideraban arrebatadora”, dice Wallace en el libro que recopila las historias de estas legendarias maniacas del sexo. Según David Stacton, biógrafo de los Bonaparte, la ninfomanía de Paulina  “era periódica pero muy intensa.
Es o no es
Según documenta la investigadora estadounidense Carol Groneman en su libro Una historia de la Ninfomanía, la figura de la ninfómana es un mito cuya presencia ha sido constante en la sociedad occidental desde el siglo XIX, en el que, más que las evidencias científicas, ha pesado el rol social asignado a las mujeres en cuanto a su posición frente al deseo sexual. En este sentido la psicoanalista  Cristina Portocarrero afirma que esa imagen de una mujer hambrienta de placer y siempre dispuesta para el sexo es un mito machista u obedece a algún desequilibrio psicológico. “En las conductas sexuales se expresa toda la estructura de personalidad y los problemas que puede haber detrás. No es simplemente que una mujer busque un macho cada media hora para que le dé placer, porque además eso ni siquiera es real. No necesariamente hay una sucesión de relaciones placenteras, sino más bien insatisfacción”, acota.  Una opinión que comparte con la psicoanalista Matilde Caplansky. “Esta conducta descontrolada es el reflejo de una personalidad inadecuada, que usa su sexualidad para agredirse y esconder una patología grave que generalmente tiene que ver con episodios de la infancia, traumas no resueltos, necesidad de afecto”, comenta.
Entonces, ¿se trata simplemente de un placer más perseguido que obtenido? Según Portocarrero, eso es parte del mito. “La verdad es que para mujeres con esta compulsión sexual, el orgasmo  es un bien esquivo y es precisamente por eso que  se busca con insistencia”, dice.
Para  Marco Aurelio Denegri, la ninfomanía es una clasificación que no se ajusta a la realidad. “No se puede comparar la potencia sexual y la capacidad de disfrute en términos absolutos. La capacidad de respuesta orgásmica en la mujer es superior: puede tener hasta 100 orgasmos en una hora y sin necesidad de varón, sino con un vibrador. Además una persona con más experiencia suele buscar más, pero eso no es psicopatológico. Pero eso de las mujeres devoradoras de hombres es más un espejismo que una realidad, porque para lograr esas hazañas se debe tener una potencia extraordinaria inherente. Eso no es lo común y está determinado además por otros factores”.
El aumento del deseo erótico también puede tener causas orgánicas: lesiones o tumores en la zona límbica del cerebro pueden alterar la conducta sexual. “Hay un caso documentado por la sexología española, en el que una mujer pensaba y buscaba sexo  todo el tiempo, donde sea y con quien sea. Se descubrió que tenía una tumoración en el cerebro y luego de extirparse ese deseo incontrolable desapareció”, comenta Denegri.
También algunos cambios hormonales  pueden desatar una compulsión sexual aunque ese estado resulta pasajero. Lo mismo sucede algunas enfermedades  psiquiátricas. “En los trastornos maniaco depresivos, suele darse que en la fase de manía la libido se eleva y la persona presenta un deseo sexual exacerbado”, dice el doctor Mariano Querol, que afirma que en sus más de 60 años de práctica profesional nunca ha visto un caso clínico de ninfomanía.  
Las ninfómanas modernas
 Ajenas a prejuicios o culpa,  las “ninfómanas” modernas son simplemente las  mujeres  que viven su sexualidad a plenitud. Algunas usan el término con ironía y conociendo la carga de prejuicio que aún se cierne sobre ellas por su conducta diferente. Es el caso de Valerie Tasso, autora del libro Diario de una Ninfómana, en el que la palabra “ninfómana” que viene en el título, no es otra cosa que un guiño que emplea la autora para burlarse  de cómo se suele calificar despectivamente a las mujeres que tienen una fuerte pulsión sexual o carga erótica, y a las que, simplemente, les gusta practicar el sexo a menudo donde y con quien les apetece.
Pero quizás quien mejor represente esa corriente de mujeres dispuestas al disfrute pero reacias a las etiquetas, sea la francesa Catherine Millet, que a través de la literatura hace el recuento pormenorizado de sus encuentros amorosos con hombres cercanos e  incluso desconocidos. En su libro titulado La vida sexual de Catherine Millet, la  mujer afirma que en las relaciones sexuales ha encontrado una forma de comunicación con los hombres que no se le da fácilmente en otros órdenes de la vida. Según cuenta, hizo el amor en clubes privados, a orillas de las carreteras, zaguanes de edificios, bancas públicas, además de casas particulares, y, alguna vez, en la parte trasera de una camioneta. Fue una carrera que empezó a los 18 años. “Hoy soy capaz de contabilizar 49 hombres a los que puedo atribuir un nombre, o por lo menos, en algunos casos  una identidad…Pero no puedo computar a los que se confunden en el anonimato (…)”
“La mayoría de compañeros de sexo de Catherine Millet aparecen como siluetas de paso, tomadas y abandonadas al desaire, casi sin que mediara un diálogo entre ellos. Individuos sin nombre, sin cara, sin historia, los hombres que desfilan por este libro son, como aquellas vulvas furtivas de los libros libertinos, nada más que unas vergas transeúntes”, escribió Mario Vargas Llosa en una columna dedicada a este libro que Millet publicó en 2001.
Esta mujer quizá pionera ha demostrado que no sólo los varones son capaces de relacionarse de una manera ajena al apego y la emoción. Como menciona Vargas Llosa en el mismo artículo “se equivocaban quienes creían que el sexo en cadena, mudado en estricta gimnasia carnal, disociado por completo del sentimiento y la emoción, era privativo de los pantalones”. Quizá la verdadera igualdad de los sexos tenga aquí una bizarra expresión.

viernes, 7 de enero de 2011

El centenario de Arguedas

 Escritor, antropólogo, etnólogo, conocedor del Perú y sus brechas, del Perú y sus agonías. José María Arguedas es uno de las mayores representantes de la literatura peruana y la expresión más evidente de que este es una nación de todas las sangres que aún no se anima a aceptarlo.                                                                         





Soñaba con un país de todas las sangres pero vivió la agonía de quien tiene demasiados dolores que cargar. José María Arguedas quiso ser el puente entre dos mundos y terminó estando en ninguno. Libró una batalla incansable contra los malos recuerdos de su infancia pero no pudo superar  las profundas marcas que esos años le dejaron. Tenía 58 años cuando se pegó un tiro en la sien pero casi desde siempre le rondaba la idea de la muerte.

Jaló del gatillo en la tarde del 28 de noviembre de 1969, en un baño del campus de la Universidad Agraria, donde era profesor principal de la facultad de sociología.  Eligió aquel día porque “no quería perturbar la marcha de la universidad”. Tenía todo tan meticulosamente decidido que antes de emprender el viaje final dejó una carta dirigida a sus estudiantes en un intento de dar sentido a su decisión. “Profesores y estudiantes tenemos un vínculo común que no puede ser invalidado por negación unilateral de ninguno de nosotros. (...) Yo invoco ese vínculo o lo tomo en cuenta para hacer aquí algo considerado como atroz: el suicidio. (...) Creo haber cumplido mis obligaciones con cierto sentido de responsabilidad, ya como empleado, como funcionario, docente y como escritor. Me retiro ahora porque siento, he comprobado que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida. (...) Y muchos, ojalá todos los colegas y alumnos, justifiquen y comprendan que para algunos el retiro a la casa, es peor que la muerte.”

Fue el fin de una historia de depresión que empezó cuando Arguedas era solo un niño.  La temprana  muerte de su madre, cuando él tenía poco menos de tres años,  lo condenó a convivir con  una madrastra cruel y un padre siempre ausente. Desde entonces, la idea de escapar de esta vida aciaga lo persiguió sin tregua. Pero fue sólo durante sus últimos 10 años que se animó a dejar salir sus demonios y confesó públicamente los traumas que lo atormentaban. 

Parte de estas vivencias las contó, por primera vez, durante un Encuentro de Narradores Peruanos en Arequipa, en 1965. Allí habló de los maltratos y humillaciones que tuvo que soportar. "Voy a hacerles una confesión un poco curiosa: yo soy hechura de mi madrastra. (...) Como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos en la cocina, comer y dormir allí (...)”, contó el escritor.   Los abusos también venían de parte de su hermanastro Pablo Pacheco, trece años mayor que él que, entre otras atrocidades, lo obligaba a presenciar sus agresiones sexuales contra las indias. A partir de entonces, y para siempre, el sexo sería para Arguedas un asunto más ligado a la culpa que al placer.

Pero no sería esta la única huella que le dejaría el hermanastro abusivo. A él le debe su primer anhelo de muerte como liberación de las aflicciones. El autor recuerda que un día, mientras comía en la cocina de la servidumbre, Pablo entró violentamente, le quitó la sopa que estaba tomando y se la tiró en la cara diciéndole: "no vales ni lo que comes". "Yo salí de la casa, atravesé un pequeño riachuelo, al otro lado había un excelente campo de maíz, me tiré boca abajo en el maizal y pedí a Dios que me mandara la muerte", contó Arguedas.

Sin embargo, lo que llegó en esos años no fue la muerte sino una cercanía cada vez mayor con el mundo andino que lo acogió. “Los indios y especialmente las indias me vieron como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo... y me lo dieron a manos llenas. Pero algo de triste y de poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más, y quedaron en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza (…)”, dice el escritor en uno de los audios que se conservan de él y que fue incluido en el documental Hermano compañero, compañero de sangre.

En el mundo andino Arguedas encontró todo lo que la casa familiar le negaba, pero nunca logró superar su complejo estado emocional.  Carmen María Pinilla, socióloga y estudiosa del autor de Los ríos profundos por más de 20 años cuenta que fueron los indios  los que lo curaron cuando perdió un dedo de la mano derecha en un trapiche. El joven Arguedas tenía 14 años. Este incidente se sumó a los anteriores recuerdos dolorosos que terminaron por marcarlo irremediablemente. “Yo fui tocado por un gran dolor en un periodo en que lo que uno come y ve se convierte en parte de la materia carnal; mi comida estuvo espolvoreada de dolor, de orfandad y de ternura.”, le diría en una carta que escribió a su amigo John Murra, un antropólogo norteamericano, en 1967. Esta carta, junto con otras, fue compilada en el libro Las Cartas de Arguedas, editado en 1998.

Ni su matrimonio con Celia Bustamante en 1939, que terminaría tras 26 años, ni su nueva unión con la chilena Sybila Arredondo, con quien se casó en 1965, calmaron su malestar. “Extraño de manera torturante la protección dominante de mi antigua casa. La carencia de “peligro” de relaciones sexuales que allí disfrutaba; por otra parte la ruptura con Celia la he extendido a muchos amigos que gané durante el periodo de mi matrimonio con ella; esa actitud parece ser insensata, pero es inevitable, y la ausencia de estos amigos me crea un estado de soledad y desconcierto”, confesaría en otra de las cartas que le escribió a Murra en 1967. En la misma misiva completaría: “Soy del tiempo del romanticismo y lo mágico. Sybila es, en cambio, acerada y sensible a la vez. Si logro despegar, reintegrarme, puedo escribir algo de veras interesante. Por ahora la falta de sueño, la forma punzante, demasiado honda con que las preocupaciones me alarman y me quitan el sueño, y hasta la capacidad de reflexión, me tienen atado”.
 
Para el crítico literario Ricardo Gonzáles Vigil es importante distinguir al hombre depresivo del escritor. “El mensaje de su obra es esperanzador, no hay frustración. Su obra, aún ahora, rompe los esquemas del lenguaje y ofrece un vitalismo único. Tiene mucha belleza poética. Arguedas tenía una sensibilidad muy lírica y una inteligencia muy lúcida, pero como ser humano sentía la duda de si iba a poder servir para ayudar a ese cambio social que él veía posible. Se sentía sin fuerzas  y temió no poder ser ese  escritor que  guía a  su sociedad  y hasta está un poco adelantado a ella”, dice.  Algo que parece confirmarse en las palabras del propio Arguedas en una de las cartas que escribió en 1968: “A veces siento como que las cosas cambian con tal velocidad que la adaptación es cada vez más difícil y hasta dolorosa.”

Consciente de que la angustia se manifestaba cada vez con más frecuencia, buscó ayuda médica y estuvo por muchos años en terapia. Hasta cuatro psiquiatras diferentes lo atendieron, e incluso lo medicaron,  pero fue con la chilena Lola Hoffman – a quien Arguedas  llegó a llamar Mamá Lola- que entabló su más cercana relación. A ella le confesaba que iba  quedándose sin fuerzas. “Estoy luchando con tremendo esfuerzo y me siento perplejo por dentro. No sé a dónde iré a parar. Lo que me sostiene es mi fervor por el Perú y por el ser humano entre quienes hay ejemplos maravillosos de fortaleza, generosidad y sabiduría como el suyo”, le diría en una carta en marzo de 1967. 

Tras su intento de suicidio en 1966, fue ella quien le recomendó escribir para superar la que sería su última crisis depresiva. Así empezó con El Zorro de arriba y el zorro de abajo, una novela en la que intercala una historia de ficción con los cuatro diarios que detallan el doloroso proceso de luchar contra esa fiera  que lo acechaba sin tregua.

Pero el pensamiento de muerte estaba tan cercano que ya en el primer diario Arguedas escribía sobre el método que debería seguir para eliminarse. “Hoy tengo miedo, no a la muerte misma, sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras –que me dijeron que mataban con toda seguridad- producen una muerte macanuda cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera.”

Así a lo largo de la novela va detallando su angustia frente a lo que considera la irremediable pérdida del “tono de vida”. “Estoy escribiendo nuevamente un diario, con la esperanza de salir del inesperado pozo en que he caído, de repente, sin motivo preciso, medio devorado por el despertar de mis antiguos males que esperaba estallarían en iluminación al contacto de la mujer amada. Pero ella vino entre muchos truenos, duelos y relámpagos”,  escribió en el tercer diario.

Según Carmen María Pinilla en su decisión de suicidarse intervinieron muchos factores, pero los personales fueron decisivos. “Pesó mucho su pasado y los elementos inconscientes, el hecho de que su matrimonio estaba deteriorado, sus amigos se alejaron y se sintió un poco solo en su tarea de cambiar el mundo. Además, su psicoanalista chilena Lola Hoffman también cayó en depresión a causa de la muerte de su pareja sentimental y la perdida de un ojo. Entonces Arguedas sintió que el punto de  apoyo que había sido para él  esta mujer también estaba perdido”, dice.

Aunque  sus amigos lo recuerdan como un hombre que podía alegrarse, no niegan que había algo en su estado emocional que por momentos lo desvinculaba de la vida. Era insomne y depresivo desde hacía mucho tiempo.  El músico Jaime Guardia, amigo del escritor desde 1951, compartió con Arguedas viajes, trabajo y el amor por la música andina. “No lo recuerdo como un hombre triste. A veces sí estaba pensativo y nos contaba de sus crisis de nervios pero también se reía. Bailaba y cantaba huaynos. Entre los indios se sentía feliz.  La última vez que lo vi fue dos días antes de su muerte. Fue a la Casa de la Cultura a visitarnos y nos saludó a todos como siempre.”, recuerda. Seguramente para ese momento la decisión de matarse ya estaba  tomada.

Poco antes de concretar el escape final, escribió  algunas de las cartas que dejaría a sus amigos, al rector de la universidad y una  que dirigió a su esposa Sybila: “¡Perdóname! Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos, y desde el 62, Lola, de Santiago. Y antes también padecí mucho con los insomnios y decaimientos. Pero ahora, en estos meses últimos, tú lo sabes, ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago.”

Y entonces terminó con la angustia definitivamente. Perdió la batalla contra sí mismo aquel viernes de noviembre tal como lo previó en sus escritos. “He luchado contra la muerte o creo haber luchado contra la muerte, muy de frente, escribiendo este entrecortado y quejoso relato. Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido”. Y venció cuando ella quiso, incluso en el instante final. José María Arguedas murió cuatro días después de su voluntario disparo, el 2 de diciembre de 1969.

Arguedas peleó en vida contra dos  males igual de implacables: los de su alma y los que afectaban al Perú. Nadie ha representado como él  las contradicciones de la sociedad peruana. Su personalidad singularísima, enriquecida(o atormentada) por el sufrimiento, lo hicieron más sensible para  entender al Perú real que los demás ignoraban.  Su obra es la síntesis de esa biografía cargada de dolor,  su talento y la época que le tocó vivir. Su figura y su mensaje permanecen aunque ahora exista el intento de ponerlo en segundo plano, postergado como los indios que lo acogieron en su exilio interior.




viernes, 5 de noviembre de 2010

El asesino sentimental


Jaime Bayly ha llevado su papel de francotirador hasta el límite. Su afinada puntería la han probado  no sólo los políticos sino su propia familia, sus amigos, sus afectos más cercanos. Y, a la larga, hasta él mismo. Camuflado como escritor,  este tirador de élite ha lanzado sus disparos a mansalva movido a veces por la rabia, otras por el rencor aunque casi siempre por el mero placer de poner en evidencia las miserias que los otros buscan esconder.

El es consciente de su capacidad de destrucción (y de autodestrucción). “Yo peleo con las palabras, las que digo y las que escribo. Las palabras son proyectiles de grueso calibre que, disparadas con puntería, son capaces de abrir orificios en los cuerpos de mis enemigos y dejarlos malheridos, exánimes”. Y ya son varios los objetivos seleccionados que han probado su pericia para el aniquilamiento.
Tal vez quien recibió con mayor intensidad las descargas del fusil que es su lengua (o su pluma) fue su padre, Jaime Bayly Llona, a quien el francotirador apuntó aún antes de  tener el título de disparador oficial.
Del patriarca de la familia Bayly, Jaime pintó un retrato poco halagador en su primera novela, No se lo digas a nadie, y luego en sus columnas,  donde quedó claro que el hijo nunca le perdonó al padre los maltratos físicos y menos los emocionales. El rencor que ese recuerdo le provoca lo ha manifestado disparando sin compasión: “Mi padre fue un cabrón de mala entraña. Al menos lo fue conmigo y no se tomó vacaciones para joderme la vida. (…) vengó en mí todas sus amarguras y frustraciones. Fue un cabrón armado y un cabrón lisiado y ya se sabe que los cojos son todos malos o a punto de ser malos”. Ni la muerte del anciano aplacó su ánimo de revancha. “Cuando mi padre murió no sentí nada parecido a la tristeza. Sentí un alivio profundo y una tranquilidad culposa, como si por fin hubiera derrotado a un adversario que en algún momento me había parecido indestructible, invulnerable”, escribió.
Pero el padre no ha sido el único blanco. Con Roberto Letts Colmenares, el  millonario tío Bobby que falleció en abril de este año,  Bayly no ha sido menos certero y demoledor. Antes de su muerte lo definiría como “uno de los tipos más miserables, avaros, despóticos y malvados que conozco. Es como el tío millonario de los Simpson pero en versión amariconada. Es un cabrón cosmopolita y profesional, un cabrón de lengua afilada y venenosa (…)”. Y aún después de muerto el tío, siguió disparando. “Yo sé que es verdad que el tío millonario que murió era homosexual y pagaba por servicios sexuales. Por novelar  esa verdad, mi tío me odió el resto de su vida y debe seguir odiándome el resto de su muerte”. Una infidencia que además de la condena familiar, le costó ser excluido de la jugosa repartija post mortem.  Aunque para eso le queda su madre, la beneficiaría de casi 300 millones de dólares de la fortuna de Letts.
Yo amo a mi mami
Por ella, Doris Letts, Jaime guarda un comprensible e incondicional amor de hijo pero no por eso exento de críticas, algunas municiones de menor calibre y, por momentos, ciertos atisbos de codicia por los millones que le fueron esquivos en el testamento. En varias de sus columnas relata pasajes de sus conversaciones, la muestra como una mujer buena aunque un poco tonta. Además, la considera ciertamente dominada  por su fanatismo religioso. “Yo sé que fiel a su moral intolerante, a su cofradía de fanáticos, peleará hasta el final para convencerme de ser heterosexual”. A ella le ha lanzado además otros proyectiles con mayor capacidad de dañar. “Por intentar ser fiel a tus verdades y pelear por ellas, tu familia te desprecia y tu madre conspira a tus espaldas para que no sigas diciendo en público esas verdades que ella se ha pasado la vida escondiendo debajo de la alfombra”, escribió el francotirador en uno de sus escritos más descarnados.
Con los demás miembros de su familia también ha sido especialmente cínico y despiadado (quizás las únicas a salvo de las balas sean sus hijas). Por sus hermanos, a quienes considera sus competidores o sus enemigos, guarda un cariño limitado, casi formal cuando no una inquina evidente. “Mi hermano Miguel es un subnormal, un oligofrénico, un loco maluco, un macho vacuno castrado.  Ha robado todo lo que ha podido hurtar, tiene una larga carrera en el mundo del hampa. Ahora dice que es empresario. Menudo cleptómano y cachafaz, dice que quiere pegarme. Que intente pegarme. Nada me daría más gusto que regalarle una lluvia de plomo a ese jabalí acojudado”. Apunta y dispara directo a matar.
Amores perros
Con sus parejas tampoco ha podido evitar ser hiriente, aunque es cierto que sus instintos asesinos han sido más limitados que cuando se trata de su familia carnal.  Ex esposa, amante y nueva novia han recibido algunas municiones a través de  sus columnas y en medio de historias con más o menos dosis de melodrama mexicano. Es que, según confiesa el propio Jaime, tiene un “talento natural para hacer llorar a la gente que más quiere”.
Su  amante argentino Luis Corbacho, generalmente Martín en los escritos, ha sido el recurrente protagonista de columnas – e incluso una novela- donde se detallan sus escaramuzas. “Sentí que Luis era demasiado frívolo, inestable y caprichoso y que no le interesaba tanto estar conmigo sino viajar por el mundo. Lo dejé ir.  Me quedé triste pero también aliviado. Me sentí libre. Entonces le escribí diciéndole que quería vivir solo. El se puso furioso porque yo no quería ser su novio sino verlo de vez en cuando”. Con él como con sus demás parejas Jaime parece tener la sospecha constante, la duda razonable acerca de cuánto pesa en la balanza del amor que el periodista se haga cargo de las cuentas y caprichos de sus compañeros amorosos. Por eso los complace pero también les hace desplantes: dispara y luego los auxilia. Hiere y se arrepiente.
Como con Sandra Masías, su ex esposa, a la que echó del departamento que le compró en San Isidro por  “conspirar” junto  a su madre en contra de él y su novia. “Le dije que me parecía desleal que concertase un encuentro con mi madre  en mi propia casa, omitiendo informarme. Esa era una conducta innoble, pérfida. Invite a Sandra a que hiciera sus maletas y se retirase de mi casa tan pronto como le fuese posible”. Luego reculó en sus intenciones pero ya había disparado desde la oscuridad: “No pude dejar de pensar que el afecto de Sandra por mi madre ha crecido como un río caudaloso desde que ella heredó parte de la gigantesca fortuna de su hermano”, deslizó malicioso. Una ambición por el dinero que también ha querido dejar en evidencia en la última entrega semanal escrita sobre sus intrincados líos de faldas: su ex mujer quiere que los departamentos de los que Bayly es propietario pasen a su nombre y a nombre de sus hijas.
La causa de este último fuego cruzado tiene nombre y apellido: Silvia Núñez del Arco, la nueva novia del francotirador. La ex esposa la ha llamado “perra chusca” y le ha dicho a  Bayly que él no es el padre del hijo que espera la joven de 20 años. El no tuvo mejor idea que contar los detalles del rapto histérico en su columna. Es que en el camino sentimental del escritor poco se ha dejado a la imaginación y su reciente relación no es la excepción. Todos los detalles y las aclaraciones han sido expuestos públicamente.
 “La chica y yo nos hemos visto varias veces en el mismo hotel de Lima (…), ella ha cumplido con perfecta sumisión las bajezas que le he ordenado, pero no se podría decir que hemos hecho el amor, han sido solo unos breves encuentros en los que la amistad, sus cuentos tristes y el deseo se han entremezclado y han terminado siempre conmigo metiendo dólares en su cartera para que pueda pagar su taller literario (…)”, escribió hace unos meses. Ahora la chica, Silvia, espera un hijo que nacerá en abril.  Para entonces Jaime tal vez ya tenga un nuevo contrato en la televisión y haya dominado un poco ese instinto de asesinar públicamente a sus afectos.
Los amigos que perdí
Su último espacio como francotirador lo perdió hace unas semanas por dirigir sus balas de grueso calibre a un blanco demasiado grande  y, algún tiempo antes, al propio dueño del canal en el que trabajaba: Baruch Ivcher. “El señor Ivcher es un poco paranoico, tiene modales ásperos y prepotentes, toma bastante vodka, no nació en el Perú y es metafóricamente el dueño del circo que es canal 2. Solo que cuando le dicen esas verdades en su propio canal suena insolente y retador”, lanzó el periodista sin reparos ni temores.
Como tampoco ha tenido reparos en disparar en contra de algunos de los que fueran en algún tiempo sus amigos.
Para Mario Vargas Llosa, que lo ayudó a publicar su primera novela, reservó una bala cargada de resentimiento. “Es un cabrón de mala entraña (o lo ha sido conmigo hasta el punto en que colmó mi paciencia), pero se le disculpa porque tuvo un padre que fue un maldito resentido perdedor abusador y porque ha hecho una carrera amorosa en el incesto, primero con la tía después con la prima hermana, lo que me parece que humaniza sus rasgos de cabrón de mala entraña y demuestra que al menos ama a su familia o a la parte de su familia que se puede montar”.  Un disparo letal  que seguramente le garantizará más olvido e indiferencia de su víctima. 
A Álvaro Vargas Llosa le ha lanzado no una bala sino una ráfaga entera con ánimo de exterminarlo definitivamente. “Mal bicho, culebra escamosa, desleal, traidor, rencoroso, fariseo, vengativo, creo que no le cae bien a ninguno de los amigos que fuimos sus amigos y ahora lo recordamos como si fuera la viruela, la sífilis o la gonorrea. Es la confirmación de que dos primos hermanos tal vez no deberían tener hijos: al final te sale una criatura no del todo humana, un fanático enjuto y avinagrado que quiere gobernar el mundo (...)”.
Sin medir consecuencias o daños colaterales, el que fuera un niño terrible es cada vez más el canalla sentimental salido de su novela, mata sin compasión con un puñado de palabras y luego aparece, como si nada, con la sonrisa inconsciente.
 “El paso del tiempo ha minado todo lo bueno que había en mí, ha erosionado mis afectos de toda índole, ha socavado mi fe en la especie humana y en mí mismo (…).  A medida que pasan los años todo se va destruyendo, tus ideales, tu fe y tu nobleza se van corrompiendo, tu espíritu se reseca, se envilece, se acanalla, te vuelves un tipo cínico, y no porque seas una mala persona, sino porque descubres derrotado, emponzoñado, que el cinismo es la única manera de resistir, de insistir en la fatigada rutina de seguir respirando, batallando, dando pelea.” Triste final para una mente brillante y aguda, terminar devorado por un personaje, chupado por el agujero negro de un malestar que no parece tener causa ni nombre, convertido en el asesino final de su familia y de sí mismo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Solo contra el poder, solo contra el mundo


Confesiones del muchacho que le gritó corrupto a Alan

Para Richard Gálvez León una cachetada lo cambió todo. Su enfrentamiento con el presidente le ha valido una fama repentina, inimaginable para él, que fue, siempre, el actor secundario de su propia vida.
Ahora se pasea por oficinas judiciales acompañado de abogados y cámaras de televisión. Por ratos parece divertirse con la atención que genera. En otros momentos luce como  un niño asustado. No imaginó todo lo que su exabrupto provocaría.
En persona, y cuando no hay cámaras acompañándolo, es un chico retraído, de mirada perdida  y movimientos dudosos. Tiene el cabello largo y en su nariz la huella de ese sábado exaltado.  No es ni fornido ni alto. Es más bien un muchacho esmirriado  y sin mucho porte.  Nadie diría que es capaz de tener ese rapto kamikaze que le  valió una golpiza: enfrentarse al voluminoso mandatario y su séquito de seguridad.
 Nos observa temeroso. Desconfía de todo y de todos. Ahora hasta parece que la buscada notoriedad lo incomoda. Nunca le han preguntado cómo se siente, de dónde viene, a dónde va. 
Su actitud cambia cuando empieza a  hablar del presidente o de los abusos que vivió ese día. Entonces se transforma en un joven impulsivo, que habla con apasionamiento. Su tono se enciende y su mirada se llena de rabia. Después aplaca su ánimo y confiesa que tiene temor a que algo le pase. Está algo paranoico. Dice que lo siguen en la calle y que sus teléfonos están intervenidos. En él se mezclan emociones encontradas y por momentos hasta parece que fueran personalidades diferentes: una es la de un niño curioso que a veces sonríe y la otra es la de un joven intolerante, furibundo con todo y casi con todos.
Lo acompañamos al cuarto que alquila por 140 soles al mes: es un espacio de no más de 2x2 metros cuadrados en el tercer piso de una quinta del Centro en Lima: piso de cemento, puerta de madera, olor a humedad. Allí vivía hasta hace unos días. Allí conservaba  todos los tesoros que su magro sueldo de vigilante le permitió comprar: una cama,  una bicicleta, una colección de discos.
Ahora el lugar está casi vacío. Se está mudando a casa de uno de sus tíos, en Los Olivos. Teme que los enemigos ganados tomen venganza. “Mi colección de Michael (Jackson) es lo primero que saqué de aquí, es lo más valioso que tengo”. Es que Richard conserva, a pesar de sus 27 años, algunos rasgos de fanatismo adolescente. Ha cosido en sus camisas un cintillo negro en homenaje al cantante y pertenece a dos clubes de fans.
Cuando el pasado marca
Su reciente, y seguramente fugaz, fama no ha borrado el resentimiento que carga desde la niñez y parece pesarle de más. Dice que quiere quitarse el apellido de su madre. “Nunca han sido sinceros conmigo. No me han tratado bien”, dice.
Richard es el resultado de una niñez inestable, saltando de una casa a otra. “Mi madre es una mujer discapacitada que nunca pudo hacerse cargo de mí ni de mis hermanos”, dice. En realidad, la mujer anda en muletas por dos fracturas sucesivas de cadera. Richard es misterioso cuando habla de ella. No sé por qué me quedo con la idea de que algo ha querido decirme respecto del cociente intelectual de su madre.
Su padre es  un vago recuerdo y una ausencia constante. “Era aprista acérrimo. Se fue a Estados Unidos cuando yo tenía un año. Nunca lo volví a ver”. Desde entonces, sólo hubo llamadas esporádicas. Desde entonces, Richard siempre fue un hospedado de favor. “Primero viví en casa de mi abuela materna, hasta los 10 años y luego  me llevó mi tía”, dice. No guarda muy buenos recuerdos. “Me sentía discriminado. Mi tía, al comienzo, quiso hacerse la buena pero luego hacía muchas diferencias entres sus hijos y yo. Me humillaba. Entonces aprendí que uno conoce de verdad a las personas cuando vive con ellas”, dice.
Sólo esperó poder valerse por sí mismo y a los 17 años  decidió  marcharse. “Terminé el colegio en la nocturna y, como no me gustaba ser el pobrecito, me fui”. Vivió un tiempo con su madre, pero los conflictos empezaron pronto. “Me peleaba con mi hermano mayor porque era faltoso. Trataba mal a mi madre. Ahora no pido nada a nadie”.  Para mantenerse dice que trabajó vendiendo ambulatoriamente fundas para controles remotos y luego como obrero de construcción civil. Allí escuchó a sus compañeros hablar sobre el servicio militar  y  “por curioso” decidió presentarse para prestarlo en la Fuerza Aérea del Perú. Tenía 23 años y no había pasado por ninguna universidad. 
Allí estuvo sólo 10 meses hasta que fue dado de baja por presentar una queja contra un coronel que había recibido un auto nuevo. ”Le habían regalado un auto y yo averigüé que costaba 35,000 dólares. Me pareció indignante porque, mientras eso sucedía, la tropa pasaba necesidades. Entonces, me quejé. Lo que no me imaginé es que mi carta de protesta iría a parar a manos del mismo coronel”. ¿Una ingenuidad superlativa?
Tres meses antes de lo de la carta Richard le había roto la cabeza a un compañero con su fusil de reglamento. “Estaba  muy molesto. Ese día estuve de servicio, luego me enviaron de comisión al Congreso con mi unidad para hacer guardia, no nos recogieron  a tiempo y se me había  hecho tarde para ir a estudiar. Entonces mis compañeros empezaron a burlarse. Este compañero me insultó, nos dimos codazos, chompazos y entonces yo le pegué con mi fusil en la cabeza”. Comenta el hecho entre risas, como un niño, con la inconsciencia de quien es incapaz de medir consecuencias o daños colaterales.
Dice que se arrepiente de haber elegido a la FAP. Lo único bueno que sacó, mientras estuvo allí, es que empezó a estudiar mecánica automotriz. “Yo me decía:  Richard cómo tú que eres persona a la que todos quieren, a la que se le abren todas las puertas, vas a estar en esta institución que no va con tu prestigio”, dice casi alucinando. Pero aunque trate de convencerse (y convencernos) de que hay mucha gente que lo quiere y que tiene muchos amigos, lo cierto es que  ha estado siempre solo. 
Todo pasó como jugando
Más tarde, se hizo voluntario. Primero de la Cruz Roja y luego de una brigada de la municipalidad de San Borja con la que, dice,  fue hasta el Pisco post terremoto. “Yo encontré cuatro cuerpos. Ya era civil. De ellos, de la destrucción y del abandono  me acordé cuando le grité al presidente”, cuenta.
Hace cinco meses llegó al programa Kúrame luego de ver por casualidad la convocatoria. “Pasaba por el parque Kennedy, había ido a buscar unas cosas de Michael Jackson y vi esto del voluntariado. Me pareció excelente  porque podía elegir cualquier día, lugar y hora para ir. Iba siempre los domingos, en mi día libre. El día que todo pasó fue el único sábado que se me ocurrió ir. Salí de mi turno nocturno de vigilante y me fui.”.  Una casualidad que no se sabe si lamenta o agradece.
Trata de explicar de dónde surgió ese impulso. “A mí me gusta la política, estoy enterado de todo lo que pasa. De pronto, cuando vi al Presidente, pasó por mi cabeza como una película: la corrupción, la situación actual. Entonces no lo pensé mucho y lo dije. Pero sólo le grité “corrupto”. Y me encantó. De verdad.  No le dije nada más. Cómo me voy a meter con su mamá, si yo tengo la mía que está enferma y a mi abuela que también es anciana”, se defiende.
“Yo no le dije que es un hijo de puta, pero es evidente que ese señor se siente así. Por eso piensa que todo el mundo se lo dice”, remata. Vuelve al ataque. Y lo hace otra vez sin calcular consecuencias, sin tener límites. Tal vez porque nada tiene  que perder. “Si hubiera tenido esposa e hijos, no lo hubiera hecho. Pero como soy solo, medio loco, adrenalina, entonces dije lo que todos tenían ganas de decirle. Porque acá nadie cree en su Gobierno pero comprendo que no se atrevan a decir nada”, dice exultante.
Pero aunque tiene esa libertad, que más se parece al desamparo, a Richard debe pesarle la soledad. Acude a su abuela, la mujer que lo crió.  En  ella tampoco encuentra el apoyo que espera. Al llegar a su casa la anciana duda en dejarlo entrar. No quiere verse envuelta en el problema. Luego de un momento accede.  “Esto ha sido una palomillada de muchacho, una inconsciencia. Pero él es un chico tranquilo que se hace cargo de su madre, que es una mujer enferma. Siempre ha querido salir adelante”, dice la anciana. “Cómo te vas a enfrentar. Frente a él (el Presidente) eres un ave con las alas cortadas y él es un cóndor”, le dice a su nieto. 
Él la mira con decepción y le reprocha tener que estar una y otra vez solo, sin apoyo. Entonces, parece exaltarse de nuevo. Recuerda sus años de invitado no deseado en casa de  su tía, los ojos se le ponen rojos, le recrimina implacable a la anciana que finge no oírlo. ”Esa es la verdad abuela, aunque no te guste. Por eso soy frío. Así me crió tu hija”.  De pronto, se para abruptamente y sale. Antes de hacerlo, le dice: “Está bien abuela, ya entendí que no quieres apoyarme. Chau.”. Prefiere la huida. Prefiere recordar que ahora  en la calle la gente lo respalda y le tiene cariño. “Es bacán que te traten bonito.”, dice.
Antes de dejarlo cuenta que  tiene un sueño que le gustaría poder cumplir. “A mí me fascina correr. Yo nací para el deporte. Me gustaría competir. Yo traería el oro para el Perú.  Es medio difícil, las circunstancias no me han permitido cumplirlo. Tal vez algún día.”, dice sin mucha convicción.
Por ahora tendrá que conformarse con logros menos ambiciosos. Volver a conseguir un trabajo- el que tenía como vigilante lo perdió a causa del incidente con el Presidente- y recomponer una vida que parece ya, desde antes, estropeada por la mala suerte.  

viernes, 15 de octubre de 2010

Confesiones de Querol


Foto: David Vexelman
 A los 85 años Mariano Querol Lambarri camina lento pero no se detiene. A pesar del paso del tiempo aún mantiene la vitalidad y entusiasmo de la juventud. Sonríe con frecuencia y hace bromas. Nada parece perturbarlo. Diríase que es un hombre feliz. Es psiquiatra de profesión y curioso intelectual por naturaleza.
Más que un médico es un oteador de almas al que sus dotes de buen conversador  y las propias experiencias traumáticas  le han permitido entender mejor  y ayudar a  sus pacientes: confiesa que tuvo una infancia infeliz, está divorciado y, a mediados de los años noventa, fue secuestrado. En él se combinan el saber y  la experiencia.
Es un hombre  minucioso y ordenado.  Su casa está repleta de libros que ocupan varias habitaciones. Eso sí, están todos sistematizados: cada uno tiene un código que lo identifica, tal como si de una biblioteca institucional se tratara. Además, hay una hemeroteca donde guarda revistas de psiquiatría y más de diez de álbumes de fotos, ordenados por año,  que recorren su historia en imágenes.
Cada rincón de su casa esconde una sorpresa. Predominan las antigüedades y las pinturas. Llaman la atención las  escaleras en espiral, estrechísimas e interminables, que conducen a su consultorio.
 Su afición por la relojería queda en evidencia en un ambiente donde guarda relojes antiguos, diminutas piezas y herramientas para repararlos. En otro cuarto, una colección de armas chinas, resultado de su interés por las disciplinas orientales.
La antesala del consultorio está decorada con objetos de madera, varias antigüedades  y, en la puerta, media docena de pequeños cuadros con frases motivadoras. Una de ellas reza “la preparación minuciosa de una cosa determina su buena suerte”. Algo que él parece tener muy presente.
Habla con naturalidad y fluidez. Se nota que le encanta contar historias. Su mascota Te, una  perra negra mestiza de pelo cortado, descansa en su regazo.
Mientras conversamos, su teléfono suena por lo menos tres veces. Los compromisos sociales, las consultas y otras actividades ocupan todo su día. Él las registra cuidadosamente en una agenda que siempre lleva consigo. “Tengo memoria bastante mediocre para fechas, nombres y horas. Por eso prefiero anotarlo todo pero con lápiz porque la gente siempre cambia  o cancela  y no me gustan los borrones”, dice.
Una de esas actividades, que lo apasiona más que nada, es el baile. Querol es un bailarín tardío porque de joven, confiesa, lo hacía muy mal. Ahora está centrado en la marinera. Va a clases cuatro veces por semana para practicar marinera norteña y limeña. Además asiste a clases de yoga,  medita en su casa y está esperando que se abra la clase de afro para matricularse también. Un homenaje al movimiento y, a sus años, una proeza. Lo cierto es que por estos días nada lo hace más feliz,  sobre todo porque es el rey de la pista y el único hombre de su clase. Las compañeras se lo disputan como pareja de baile.
Para Mariano Querol las mujeres siempre han sido su debilidad. Las aprecia, las admira y, aunque fue un adolescente tímido, en su juventud tuvo varios amores. En sus álbumes las fotos de varias agraciadas señoritas revelan a un conquistador afortunado. “Si te contara las historias con estas chicas”, dice pícaramente. Desde su divorcio permanece como soltero empedernido pero enamorador impenitente y exitoso. HA tenido varias novias y alguna vez sus hijos le sugirieron que se casara.
Dicen sus amigos que es un “polígamo cultural”. Su curiosidad es inagotable y sus habilidades, múltiples: toca piano, habla cinco idiomas, ama la literatura, incursionó en el teatro y en el cine. Esto último, de la mano de su amigo Armando Robles Godoy. Lo único que no ha sido es deportista, tal vez porque cuando era niño  sus padres le dijeron que  la actividad física era una pérdida de tiempo.

Huellas del pasado
Hijo de un médico catalán y una peruana de la clase alta,  Querol – el menor de cuatro hermanos-  vivió una niñez solitaria marcada por la fuerte figura de su madre. “Mi mamá era peruana pero hija de españoles y se jactaba de ser española. Era muy racista, estricta y conmigo nunca fue cariñosa. Sin embargo, tenía también características muy valiosas. Quería que sus hijos supieran mucho. Por eso teníamos  en casa profesores de todo”, dice. Fue ella quien le inculcó el amor por los libros y la música.
De su padre heredó la profesión y aceptó un consejo que no olvidaría nunca. “Era un hombre muy bueno y especial. Me decía que todo hombre debe tener una carrera, un oficio y un arte para que pueda subsistir. Y tenía razón. Yo elegí la relojería porque siempre me sorprendía cómo es que funcionaban esos pequeños artefactos. Y mi arte era tocar piano”, cuenta. Ya no toca hace varios años porque las piezas, dice, no le salen tan bien como antes.
La admiración por su padre le hizo tener la convicción temprana de que sería médico. Ingresó  a la universidad a los 14 años y se marchó de su casa a los 21, aún antes de terminar la carrera. La rigidez de su madre, una católica a ultranza, lo obligó a tomar decisiones drásticas. “No me dejaba salir ni tener amigos y la sexualidad era un tema prohibido. Era imposible seguir viviendo allí.  Lo bueno de eso es que, en respuesta a esa represión, me volví después muy liberal”, dice el psiquiatra casi en ejercicio de autoanálisis.

Foto: David Vexelman
Terminó su carrera en 1947 y estuvo tres años fuera del Perú para realizar su residencia, siempre apoyado por el reconocido médico Honorio Delgado, su mentor.” Estuve en España, Francia y Austria  gracias a las becas que obtuve. Mi experiencia fue buena pero al inicio tuve dudas. No me convencía la psiquiatría porque los tratamientos estaban basados en el electrochoque. Era horrible lo que le sucedía a los pacientes. Me sentía muy mal. Luego pensé que, en vez de dejarla, debía hacer algo para cambiar eso”, dice.
 Alguna vez pensó en quedarse en el extranjero, pero además de las razones prácticas -España no estaba muy bien económicamente y en Francia no podía trabajar de médico-  Querol ensaya  una explicación que debe resultarle emocionalmente costosa: “Mi madre siempre repetía que había que salir de este país. Insultaba a los indios y eso me desesperaba. Mis hermanos  se marcharon como ella quería. A mí me decía lo mismo, que aquí no tenía futuro,  pero yo no acepté. Bastaba que mi mamá quisiera eso para que yo me negara a  hacerlo.  Además, me gustaba mucho el Perú y me sigue gustando”.
Palabra  de terapeuta
Ha pasado por un divorcio, por un secuestro y siempre tiene esa misma actitud pragmática frente a muchas situaciones que ha tenido que pasar o que se presentan cercanas.
Hace pocos años padeció de un cáncer prostático y de vejiga del que ya está recuperado.  “Obviamente me asusté, pero no es porque le tenga miedo a la muerte sino que no quisiera  morir porque me gusta la vida. Que me quiten todo esto es una vaina. Pero qué se va a hacer. Lo que sí quiero es  tener  una muerte tranquila. Tengo ya todo organizado: mi testamento, las indicaciones de lo que se puede o no hacer con mi cuerpo.”, dice como si comentara un tema cualquiera.
Es que con el paso del tiempo Querol ha aprendido a conocerse y aceptar lo inevitable. Su profesión le ha ayudado. “Es posible que por ser psiquiatra me conozca un poco más. Pero hay que llegar a la madurez para eso. Yo siempre he sufrido de depresión, desde niño. Pero recién 10 años después de ser psiquiatra me di cuenta de que lo que tenía no era tristeza sino depresión. No se puede curar pero se puede convivir con eso”.
No sólo reconoció su depresión. “He llegado a la conclusión de que soy mejor de lo que pensaba. De chico no pensaba muy bien de mí mismo. Felizmente uno puede romper con las cosas que no le gustan. Uno, si quiere, puede cambiar. No de un momento a otro pero sí ir mejorando de a pocos”, dice.
También hay balances que no lo dejan muy satisfecho.  “Me arrepiento de no haber amado lo suficiente. Siempre he sentido que mi estructura no me ha permitido amar más de lo que he amado. Otra cosa que me persigue es no haber acompañado en sus últimos momentos a gente que yo he querido.”, dice.
Se siente tranquilo con la vida independiente, aunque no solitaria,  que ha elegido. “Siempre me pregunto cómo hay parejas que, a pesar del tiempo, se quieren y permanecen juntas. Las veo  disfrutando, bailar tomándose de la mano. Gente que se ama de por vida, eso es muy raro. A veces me gustaría tener eso, pero como sé que cuesta mucho y hay que sacrificar libertad para lograrlo, mejor estoy así “, termina.
Mariano Querol ha vivido a su manera una vida completa, plena. Sensible, rabiosamente libre, es un hombre sano que ha  sabido tomar lo bueno de cada experiencia y reírse de los problemas. Tal vez ese sea el secreto de su longevidad. Tal vez ser feliz alarga la vida.