viernes, 29 de julio de 2011

El verbo alucinado de Alan

                                                                                             

El presidente García no sólo coquetea con las mujeres sino con la locura. Si en su primer gobierno se le llamó irrespetuosamente Caballo Loco, su incontinencia verbal, en estos últimos cinco años, demostró que continuaba merodeando el exceso. Un conjunto de sus cada vez más alucinadas declaraciones, analizadas por un especialista, revelan los rasgos de la compleja personalidad del Presidente.

 



Foto: Paul Vallejos C.
La más recordada debe ser aquella de que “la plata llega sola”. Pero no es la única. Tampoco se ha cohibido cuando se trata de opinar sobre sus adversarios políticos: de Toledo dijo que es un “loquito de la calle”, que muchos parecen tener con él una  “obsesión  psicosexual” y que quienes critican su gestión tienen la “actitud negacionista de los anticristos”. Y ese es sólo el comienzo.  El material que ha generado el Presidente es amplio y revelador.  Según un reconocido psiquiatra, que ha preferido el anonimato, el de García “es un caso psiquiátrico muy rico y complejo que no calza en una sola etiqueta diagnóstica”. Según dice, hay en él, además de la conocida bipolaridad, rasgos narcisistas, histriónicos e incluso psicopáticos.

 Las evidencias están presentes casi desde el inicio del gobierno. Ya en el discurso de investidura del 2006, el presidente dejaba entrever su convicción de ser casi un predestinado. “Declaro que el Perú puede crecer económica y socialmente mucho más, y que dentro de diez años los vecinos avanzados en la carrera del desarrollo nos verán como ejemplo. Para ello contamos con inmensos recursos económicos y, sobre todo, con un pueblo al que solo falta una fe unitaria y una conducción”. Pero si eso pudo considerarse simplemente un lícito ejercicio retórico para agradar a sus oyentes, sus frases en los años siguientes dejan ver lo que el especialista califica como “una sobrevaloración extrema de su persona, soberbia y autoconcepción de grandiosidad, propias de la manía”. Así, en marzo de 2009, disparaba sin empacho esta famosa frase: “En Perú el presidente tiene un poder: no puede hacer presidente al que él quisiera, pero si puede evitar que sea presidente quien él no quiere”. Y agregaba: “Yo lo he demostrado”. Hace una semana, por ejemplo, en una extensa entrevista a un diario, dijo: “El que cree que yo he entrado a la política o al segundo gobierno para levantar dinero es un tonto porque no entiende lo que es ni la historia ni la gloria de haber podido ser presidente dos veces”. Historia y gloria: los ingredientes perfectos de la megalomanía.

Demostrando que lo suyo no es solo un problema maniaco, el doctor García hace gala de otro de sus rasgos patológicos: un trastorno narcisista de la personalidad. “Hay muchos rasgos de autoendiosamiento. Se cree insustituible. Ese narcisismo hace que no tolere las críticas, que menosprecie a los demás, que se sienta por encima del bien y de mal”, dice el psiquiatra. En 2007, tras el terremoto de Pisco, tuvo varias declaraciones poco felices: a un periodista español, que le preguntó sobre las informaciones que hablaban de una supuesta desorganización en la distribución de la ayuda, le dijo: "Su país no se arregló en dos días después de la Guerra Civil", y  a un grupo de cooperantes españoles, que pidió mayor seguridad  tras verse en medio de un tiroteo mientras prestaban ayuda, les espetó:"Quien tenga miedo, que se vaya". Tanto le molestan las críticas que cuando un Wikileak reveló que desde la Embajada americana se hablaba de su ego colosal, el Presidente se atrevió a abandonar su consuetudinaria vocación de adulón de los Estados Unidos y, aunque en un primer momento sólo dijo que eso “revelaba un bajo nivel diplomático”, hace pocos días, en una entrevista, no cedió a la tentación y dejó salir a su yo desbocado: “Lo que pasa es que están acostumbrados a que los políticos vayan a su embajada como perritos, con rodilleras y mirando  hacia abajo, creyendo que están hablando con los dueños del mundo. ¿Sabe qué? Para mí el Perú es el dueño del mundo. Entonces voy y  los trato así (hace un gesto despectivo con las manos). Por eso dicen que soy un arrogante”.

Pero los peruanos no han corrido mejor suerte con el presidente. Con la prensa local va del menosprecio a la humillación. Ante una pregunta incómoda espetó: “Está usted hablando sin saber. Lamento que RPP dé sus micrófonos a personas mal informadas. No venga con preguntas de consigna”. Y alguna vez dijo a otro: “Cómo se le ocurre que le voy a decir a usted por periódico lo que voy a conversar con la presidente Bachelet. Seguramente usted puede imaginar qué temas son. Imagínelo, pues”. Y las críticas de un diario provocaron que dijera: “Pásenme ese periódico, para reírme de Mohme. Mohme Quesada, ¿no?”.

En junio de 2009, ante el conflicto en Bagua, no tuvo mejor idea que referirse a las comunidades que protestaron como “pequeños grupos que no representan lo más avanzado del país” y fue aún más lejos al tratar de definir su actitud: “Ya está bueno, estas personas no tienen corona, no son ciudadanos de primera clase que puedan decirnos a 28 millones de peruanos: tú no tienes derecho de venir por aquí”.
Si hay algo que caracteriza al trastorno maniaco depresivo es la falta de sensatez. “Su autoridad no es racional sino emocional, por eso, por momentos, están eufóricos, en éxtasis y ante un pequeño problema estallan con irritabilidad, intolerancia y hasta violencia”, dice el especialista. Por eso la plebeya cachetada de García a Richard Gálvez, el desaforado muchacho que, en octubre del 2010,  le gritó corrupto. Por eso su reacción ante las críticas a la gestión post terremoto: “a veces algunos periodistas juegan a las alarmas. Hay alguna gente que gusta de atemorizar, llevan malas noticias, destruyendo el ánimo de la población". La propuesta de García para afrontar esa catástrofe era, indudablemente, digna de él: "¿Dónde están mis amigas las cantantes?, ¿dónde están mis amigos los artistas?, ¿dónde están mis amigos los futbolistas? Se necesita también distracción”.

Otra  invocación delirante que no puede tener sino un origen patológico es la que le hiciera a su ministro Luis Alva Castro en 2007: “Tomemos acciones concretas (...). Use usted los aviones A-37 y bombardee, ametralle esos aeropuertos, esas pozas de maceración”. También es para alarmarse su temeraria propuesta en contra de la delincuencia común: “si un delincuente roba a una persona no se puede esperar que amenace a la policía: las armas de la ley son para usarlas, de frente hay que disparar y con toda decisión…”.
En 2008, ante el escándalo de los petroaudios, dijo: “que esos corruptos y esas ratas, que están muertas en vida, se mueran de una vez…” Y  también deberían morirse  “los miserables y los mal nacidos que quieren hacer plata con un gobierno aprista…”. Porque si de algo está seguro en su delirio de grandeza,  es que él está más allá de las críticas. “Me hacen gracia los piñateros que siempre creen que todos son ladrones como ellos. El ladrón cree que todos son de su condición. No sean tontos. Esta gente torpe cree que para un hombre político, que queda en la historia del Perú y en la gloria, un centavo es valioso. Están totalmente imbéciles”, dijo hace unas semanas en una entrevista televisiva. La carencia de un sedante era más que evidente.



Foto: Paul Vallejos C. 
  También hay en García mucha dosis de histrionismo. Por eso Alan intercala un discurso enrevesado y pomposo con el disfrute de un vaso de cerveza en un cerro. Algo que él reconoce como una virtud: “Eso les da pica a algunos porque yo sumo varios componentes: Soy lo suficientemente cholo para ser gobernante del Perú, no soy tan cholo como para no gustarle a algunos sectores de la clase media. Estudié en colegio público y tengo esquina”. Y, claro, está seguro de que todos lo envidian: “Todo el mundo sabe en el Perú que sé hacer discursos, que sé comunicarme y a veces lo envidian; pero yo digo: las palabras a un lado, las obras adelante”. Porque lo suyo es, dice, un don divino. “Les pido un acto de fe. Dios me ha dado la capacidad de convencer a las personas”. Y si alguien se atreve a cuestionarlo es que “caemos en el procedimiento de los anticristos, es decir, negar”. Lo único que le falta es un tricornio y pararse en la Costa Verde creyendo que es la orilla de Santa Elena.

De este histrionismo se deriva también su vocación de seductor. Entonces coquetea con periodistas y se muestra con mujeres guapas. “Los maniacos son hiper eróticos y promiscuos. Tienen también adicción a la imagen  y por eso, en su caso, se da esa sobre exposición. El quisiera aparecer en todo, a toda hora”, dice el psiquiatra. Pero él lo niega. “A mí si algo me ofende es cuando dicen que no sé a cuántos candidatos he apoyado. Y últimamente ya no sé cuántas novias tengo. (…)Soy un taumaturgo con unas fuerzas extraordinarias. Una especie de demonio”, dijo hace poco.

“La victimización puede ser también  un rasgo psicopático”, me dice el especialista cuando revisa algunas frases como esta: “Yo cargo mi cruz solo, no  necesito cirineos. Sé que la voy a cargar y que seré piñata de algunos que quieren hacer carrera política conmigo, atacándome. Pero ya he visto esa película y ya sé en qué termina”, dijo en la misma entrevista de TV en la que se paseó mostrando Palacio y comiendo de la paila en la cocina. En la entrevista que concediera a El Comercio la semana pasada matizó esta delicia: “Los políticos tenemos cierta ambición de hacer las cosas, de protagonizar, de figurar, pero yo he sido ya presidente dos veces y siempre he vivido pendiente del partido y algunas veces me pregunto cuándo vivo para mí en algún momento”. Pobrecito.

Sus relaciones familiares son también un objeto interesante de análisis. Desde el escándalo de su nuevo hijo hasta su separación matrimonial. “Como todo Narciso, asume que es siempre  dueño de la verdad, dueño de las personas  y, por tanto, de las oportunidades. Todo lo maneja según su conveniencia.”. Entonces no tiene problema en colocar a su esposa en la humillante situación de escoltarlo y  escucharlo  mientras reconoce: “mantuve una relación con una persona de altas cualidades, relación de la que nació un niño en febrero del 2005”. Y en un despliegue de cinismo con pocos precedentes el Presidente aseguró en ese discurso - pronunciado en octubre de 2006, más de un año y medio después de nacido el niño- que “era fundamental decirlo públicamente ante todos los peruanos,  porque es mi deber como Presidente de la República y porque yo no rehuyo mis responsabilidades”.
También puede llegar a ser incomprensiblemente macabro en sus expresiones: “Bienaventurados los que sufren la pérdida de un hijo, de un hermano, de un padre porque de ellos tiene que ser el reino de la democracia (…)”, dijo, en junio de 2007, en un acto en Huanta.
Foto: Paul Vallejos C.
Pero nada tan genuinamente patológico como sus teorías sobre las intervenciones divinas y los males humanos. Se trata, dice el psiquiatra, de un caso de sobrevaloración de su capacidad de juicio, típica del maniaco, porque la persona está convencida de que es dueña de la verdad. Por ejemplo, su declaración a propósito de la muerte de Osama Bin Laden, ocurrida el mismo día de la beatificación de Juan Pablo II: “Su primer milagro ha sido llevarse del mundo a la encarnación del mal, a la encarnación demoníaca del crimen y del odio.” O cuando intenta explicar el problema de las adicciones. “Hollywood está entre los grandes inspiradores del consumo de droga. Cuantas veces se ha visto en los canales de cable la historia de narcotraficantes y su triunfo eventual. Y si eso lo asocia a los dibujos animados donde todo se transforma. ¿Y por qué se transforma? Por la droga. Está implícito que el transformer es un drogado. ¿No se dieron cuenta? Todo eso va corrompiendo la conciencia de cada niño. Entonces se ganará dinero con eso, pero también lo ganan los narcotraficantes, señores productores de películas bastardas y pro narcotráfico. Eso es lo dramático”. Pobre niño Federico Danton. Nos imaginamos qué restricciones sufre.

Y con esa convicción del que cree que todo lo sabe y asume que es superior a todos, emprende sus obras faraónicas, “que sólo la historia juzgará”. Y a veces se anima a desarrollar confusas descripciones: “Somos un país andino, esencialmente triste. No somos un país alegre como Brasil o como los colombianos, que son hiperactivos y tienen esa mezcla de español del norte, vascongado y catalán, y mayor componente negro y un poco de antropófago primitivo. Son hiperactivos y tienen más sol, tienen Caribe”. También  propina “reflexiones” como esta: “No me gustan los pitucos metidos a izquierdistas, me gustan los hombres de color cobrizo que son los verdaderos peruanos y pueden luchar por la justicia social. Y también, cuando le conviene, dispara contra la Iglesia Católica. Claro, no la que representa Cipriani sino la que sí defiende a los desvalidos. “Yo me pregunto qué hace la iglesia jugando a la política (…) Así como no me gusta que intervenga en la política el gobierno venezolano, el gobierno argentino, tampoco es bueno que intervenga en la política el Estado Vaticano”, dijo en referencia al apoyo dado al referéndum sobre el ingreso de la Minera Majaz , en 2007.
En suma, el doctor García está muy bien (divinamente) representado en el morro Solar.
“El Cristo del Pacífico lo refleja a él: es su deseo de estar por encima de todos y de manera permanente”, concluye el psiquiatra.





viernes, 15 de julio de 2011

Mujer de bandera

Una disculpa pública por los años de incomprensión, hecha por su hermana- la también periodista Patricia del Río-, nos llevó hasta María Luisa. Mujer directa y sensible, acepta hablar del costo de ser fiel a los sentimientos y de las batallas ganadas.


Foto: archivo MLDR
María Luisa del Río tiene 42 años, una hija de seis, un matrimonio roto y la convicción de que, en su caso, el amor no entiende de géneros. Es curiosa y por eso viaja, por eso es periodista. Ha dejado que la vida la sorprenda. Habla con serenidad y no esquiva ninguna pregunta aunque a ratos la discreción sea un imperativo autoimpuesto que la pone a salvo de los conflictos familiares y los recuerdos dolorosos.
Fue una niña inquieta y una adolescente a la que le gustaban los deportes “de chicos”. De adulta fue mesera en Manhattan, estudiante de comunicaciones y, finalmente, terminó escribiendo porque lo hacía bien. Vivió en la selva por amor,  se arriesgó a las críticas también por amor  y no se resignó a vivir en ningún clóset. Ahora solo defiende  su libertad. Por eso en su casa solo tienen cabida su hija Núa y su perro Félix. Allí nos recibe al mediodía de un sábado tranquilo.
Han pasado ya tres años desde que le dijo a su familia que se separaba de su esposo porque se había  enamorado de una mujer; hace dos que hizo público ese amor en televisión y hace exactamente una semana que su hermana, la también periodista Patricia del Río, le ofreció por primera vez, a través de la columna en un diario, una disculpa pública por no haber comprendido, por no haberla apoyado. “Me parece lindo que lo haya hecho y que mi familia lo lea. No era necesaria para mí pero tal vez sí para ella”.
Con su decisión María Luisa  dejó atrás casi 11 de relación con un ingeniero español. “Nada de lo que hice o dije fue un error. Era simplemente yo con esa situación tan compleja y tan nueva. No tenía intención de lastimar a nadie, sí tenía mucha torpeza y estaba profundamente enamorada”, dice. La destinataria del arrollador sentimiento y desencadenante de esta nueva orientación en su vida era mayor que ella,  alemana, partera y también estaba casada. Dice María Luisa que solo se demoró tres meses en confesárselo a ella y a su esposo. “Y eso porque en ese tiempo no la vi. Y fui yo quien habló primero porque jamás me he reprimido en decir lo que siento  aunque lo que siento no sea fácil o bonito. Nunca he tenido miedo de sentir”, dice.
 Ese fue el fin de un matrimonio de cuatro años,  una historia que se había iniciado en Santa María de Nieva mientras ella hacía un reportaje y él era voluntario en una ONG que trabajaba con las comunidades de la zona. Cuando le pregunto a María Luisa sobre esa relación me dice que fue “un amor apasionado, profundo, también lleno de decisiones radicales”. Y no es difícil de creer: ella  dejó su carrera en Lima y se mudo al medio de esa selva para  vivir con él. Y allí se quedaron por casi 4 años trabajando entre aguarunas y huambisas. Después se marcharon al norte, pusieron un bar en Huanchaco y, en el 2002, regresaron a Lima.
 Tiempo después, y a pesar de que a  María Luisa siempre le ha costado  lidiar con  la rutina, los roles establecidos, el compromiso, incurrieron en el matrimonio. “Me casé porque quería hacer lo que veía hacer  y probarme que esto era posible. Además, quería ser mamá y que mi hijo tuviera una familia”. Su hija Núa nació poco después, en el 2005. La niña es, para la libérrima viajera, un desafío constante a esa vocación  de no estar atada a nada ni a nadie. “El matrimonio se había convertido en una rutina donde la comunicación se limitaba a los temas domésticos. Lo más triste fue descubrir que nosotros ya no hablábamos de lo que sentíamos. Y en medio de eso, este nuevo sentimiento me sorprendió. Algo tenía que hacer.”, me dice. Con la misma naturalidad con la que habla sobre sus viajes me dice que siempre le  pareció que “todos éramos un poco proclives a todo”,  pero que nunca había tenido la oportunidad de experimentar una relación con otra mujer y por lo tanto no sabía si le gustaba o no. “Había tenido amigas mujeres muy cercanas pero nunca hubo un deseo carnal reprimido de por medio. Esta era la primera vez en la vida que me gustaba una mujer”, asegura. Lo que sí sintió siempre es una fuerte conexión y  afinidad con las  mujeres. “Hasta ahora,  eso es  lo que me hace estar en este camino y no en el otro. No descarto nada pero siento que en este momento de mi vida, y tal vez para siempre, con las mujeres me siento más cómoda y más libre de ser quien soy, sin tener que asumir ese patrón de lo que se espera de una mujer: bonita, perfecta, buena madre”. 
Aunque prefiere no recordar los detalles del fin de su relación matrimonial, reconoce que fue un momento terrible pero inevitable. “A nadie le gusta oír una cosa así, pero tuve que decir toda la verdad. Si te enamoras de una mujer y no se lo dices a tu pareja hombre, creo que es un doble engaño porque allí sí no existen posibilidades de reconquistarte. Tienes que dejar que él viva lo que tiene que vivir, porque seguir con una gran mentira  sólo porque para ti  es tragar mucho sapo decirle lo que está pasando, me parece una crueldad”. Tras el terremoto de la noticia pasó algo más de  un año antes de que las cosas se calmaran y ellos pudieran construir una nueva relación de padres amigos.
 A pesar de lo difícil del proceso, dice que no se arrepiente de nada.  Y eso que su nueva relación también terminó. “Se hizo todo muy difícil,  primero por la distancia, luego por todo lo que se dio alrededor. Eso provocó las peleas y luego el final. Pero aún  hoy cuando nos encontramos, nos abrazamos muy fuerte”, me dice sin ocultar una mirada melancólica. “Hasta ahora me alegro de haber dejado actuar a mi corazón. Incluso creo que ahora no tengo a mi corazón tan suelto como lo tuve en ese momento. Quizás  por miedo, porque todo fue muy doloroso”, agrega.
Foto: archivo MLDR


Mirando atrás
Es la segunda de cinco hermanos. En casa, con un padre abogado y una madre profesora, María Luisa siempre fue diferente. “Mientras Patricia se pasaba todo el tiempo leyendo, yo jugaba fútbol, trepaba árboles, tenía amigos hombres. Era un poquito ahombrada, en realidad me divertía más con los hombres, no entendía mucho eso de las muñequitas. Creo que allí se estaba gestando un estilo, ¿no?”, dice y ríe. Pero en la adolescencia hizo lo que toda chica de su edad: tener enamorados, escribir en su diario. Solo llamaba la atención su marcada  afición por algunos deportes en ese tiempo no aptos para chicas. “De pronto pedía cosas  que nunca me iban a dar, como una tabla de surf o un skate”, dice. Esos se los compró ella misma años después. Y también empezó a viajar. Estuvo en los Estados Unidos por una temporada y a su regreso empezó sus viajes por el Perú, que es lo que más despierta su curiosidad.
Su llegada al periodismo escrito tampoco fue un plan largamente postergado. Tras terminar sus estudios de comunicación audiovisual y descartar rápidamente un futuro en la realización de documentales, empezó a practicar como redactora en un suplemento cultural y luego en el diario El Mundo. “Mis jefes y yo misma descubrimos que tenía talento para escribir, así que decidí mantenerme en eso. Fue una sorpresa para mí que nunca fui una gran lectora aunque sí había escrito algunas historias cuando era niña”. Ahora, familiarizada con el oficio de narradora, lleva publicados dos libros  de relatos cortos. Uno de ellos, Sin mirar atrás, recoge las historias que escribió durante su estadía en la selva. El otro es un conjunto de crónicas de viaje sobre el Cusco.
Prefiere no mostrar a su pareja actual, a su hija o a su familia. Así evita, dice, revivir  los conflictos del pasado. “No quiero que ese tren me vuelva a atropellar. Quiero pasar mi vida tranquilamente. Cuando estoy solo yo en juego, no tengo problema en mostrarme y, si mi historia sirve de algo, mejor. Tampoco  me gusta decir que tengo pareja, pero más por una cuestión de sentirme libre. Prefiero decir, y mi pareja lo sabe, que somos amigas con derechos”, dice entre risas.
Pocas cosas parecen figurar en la lista de certezas de María Luisa el Río. Pero una de ellas es su visión del matrimonio. “Yo pienso que el matrimonio es un acto fallido. Yo no me  volvería a casar nunca más. Como institución no es una buena idea, por eso no me interesa participar en las campañas para que se apruebe el matrimonio entre personas del mismo sexo. La convivencia tan estrecha con otra persona, la combinación de economías y  esa necesidad que se va creando de estar siempre juntos, hacer todo juntos, creo que no son muy reales y llevan inevitablemente al aburrimiento”, dice. Algo que dice haber comprobado en su propio matrimonio. Ahora, solitaria y celosa de su espacio personal, dice solo estar dispuesta a una relación libre de ataduras y compromisos. “Bastante tengo ya con aguantarme a mí misma como para estar tratando de interactuar a ese nivel tan estrecho con otra persona”, dice.
Si hay algún espacio de concesiones es el que tiene su hija Núa, que ahora tiene seis años. “La maternidad es algo que voy a agradecer toda la vida. Te hace mejor hija y te humaniza mucho. Incluso  a veces me reclamo a mi misma no haber tenido por lo menos dos”.
¿Y qué va a pasar cuando tengas que hablar con ella del tema de tu sexualidad? – le digo.
“Ahora ella sabe y ve sólo lo que una niña de su edad debe. Nada más. Yo sé que en algún momento, Dios no lo quiera, esto me va a traer algún tipo de conflicto con mi hija. Tal vez cuando vaya creciendo quiera, o me reclame, que todo sea más normal, pero le diré lo mismo que le dije el otro día: Hijita, soy la única mamá que tienes, así que no queda más que aceptarme”. Aunque sabe que ese pedido no es ni será tan fácil de lograr. “Sé que este camino es solitario, son tus sentimientos,  ni siquiera los de tu pareja. Es mirarte y decir, esto siento, esto soy, guste o no guste.  Creo que lo peor en el mundo, algo que no le hace bien ni a la mente ni al cuerpo, es reprimir todo aquello que, siendo nuestro, no le hace daño a nadie”, dice.
Pero, ¿esto sí lastimó varias personas?, pregunto.
-          Sí, pero era mi vida, me dice.
Y tiene razón.

viernes, 6 de mayo de 2011

Especialista en traiciones

                                                                                             

A punto de cumplir setenta años, Hernando de Soto, el economista con apellido de conquistador, acumula, junto a elogios y algunas distinciones internacionales, actuaciones cuestionables y críticas nada halagüeñas. Aunque es un experto en marketing personal no ha podido borrar de su biografía las acusaciones de plagio en su contra y el pasivo de haber sido varias veces aliado del fujimorismo.


La historia de este abanderado del neoliberalismo- es miembro de la Sociedad Internacional Liberal de Mont Pellerin- empieza en Arequipa. Allí nació, en junio de 1941, Hernando Soto Polar. Su padre, Alberto Soto de la Jara, era un abogado y diplomático de carrera  que sirvió como secretario durante el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero pero que, con la llegada de Manuel Odría al poder, abandonó el país junto a su familia en 1948.  El joven De Soto se educó desde entonces entre Estados Unidos y Suiza y, gracias a eso, es francófono y un diestro angloparlante.

Su vínculo con el Perú se limitó, en ese tiempo, a sus visitas vacacionales varias veces al año. Hasta que regresó al país en 1959. Aunque hizo parte de sus estudios universitarios entre Lima y Arequipa, se marchó a Suiza y allí se graduó en Economía y derecho internacional. En ese lado del continente se quedaría por casi 10 años trabajando. Una etapa que marcaría su pensamiento y las ideas que desde entonces intenta exponer como verdades universales: el liberalismo como religión y el capitalismo como el único camino al desarrollo. Pero su filosofía de que los problemas del capitalismo se resuelven con más capitalismo parecen defender más al statuo quo que el interés de los pobres.

Volver
Regresó al Perú fines de los años setenta con varios proyectos. Dicen quienes han trabajado con él que es perfeccionista y obsesivo; avasallante cuando se trata de imponer sus ideas, un buen conversador sólo cuando él es el centro de atención y un experto en rodearse de gente inteligente e influyente. Su mayor capital, más que el intelectual, son sus conexiones.

El economista regresó de Europa, además, con un llamativo agregado a su apellido original: el casi nobiliario e inventadísimo “de”. Un detalle que Vargas Llosa calificaría en su obra El pez en el Agua de “coqueto”, y que complementaría con una descripción cruda del personaje. “Era vanidoso y susceptible como una prima donna (...) un tanto pomposo y ridículo, con su español trufado de anglicismos y galicismos y sus cursilerías aristocráticas”. Además lo acusaba de tener “una imagen de intelectual que, como dicen mis paisanos, lloraba al ser superpuesta sobre el original”.

Tal vez su matrimonio con una dama de la nobleza española, doña Gerarda de Orleáns, prima del Rey Juan Carlos I, lo empujó a adoptar aquel “de” que lo hermanaba imaginariamente con el conquistador.  “Obviamente no le bastó un apellido que es sonoro, de pueblo, fuerte y necesitó añadirle esta preposición postiza. Hizo exactamente lo opuesto a lo que hicieron muchas familias republicanas en los albores de la independencia americana y también en Francia: es decir, sentirse ciudadanos y prescindir por completo de cualquier asomo, aunque fuese lingüístico, de aristrocratismo”, dice Gustavo Gorriti, periodista que por estos días ha destapado otro de los secretos poco agradables del economista: el evidente plagio en el discurso  que le preparó a Fujimori para ser leído en las Bahamas en mayo de 1992. El texto era originalmente parte de una  disertación doctoral  sobre los partidos políticos en Venezuela. Fue escrito y publicado en 1988 por  Michael Coppedge, un autor norteamericano que colaboró con el Instituto Libertad y Democracia.

Mister Xerox
De Soto, experto en encontrar explicaciones y limpiar su imagen con un trapo mojado en su propia saliva, ha dicho que se trató de un “aporte”, debidamente remunerado, que, junto con otros, le permitió crear el discurso. No es una explicación convincente. “Coppedge estaba trabajando con el ILD y dentro de eso hizo muchas cosas y seguro debe haber firmado varios recibos. Pero en este caso se trataba de un texto que formaba  parte de su disertación doctoral y que determinaba su futuro académico. Además es un plagio de mala leche. Algo que se hizo para estudiar el funcionamiento de los partidos en Venezuela fue utilizado como un argumento para rescatar un golpe de estado.”, dice Gorriti.

Pero la violación de la propiedad intelectual no es algo que le sea ajeno a De Soto. Ya en 2008 el Indecopi lo había sancionado por vulnerar los derechos de autor de dos de sus antiguos colaboradores: Enrique Ghersi y Mario Ghibellini. Ambos participaron en la realización del famoso libro El otro Sendero y, sin embargo, sus nombres fueron omitidos en una de las ediciones locales que publicó en 2005 la editorial Orbis Ventures. Aparentemente, a medida que el libro y De Soto se hacían más famosos, aumentaba su ansiedad por aparecer como único autor, como único destinatario de los elogios. Ya en 1989, cuando Harper & Row preparaba la primera edición de la obra en inglés, De Soto les dijo a los coautores que los editores consideraban inapropiado para el marketing del libro que se incluyera  los tres nombres en la portada, de manera que sólo estaría el suyo, pero con el compromiso  de que los créditos de Ghersi y Ghibelini aparecerían en el prefacio. El trato fue aceptado de buena fe por los coautores pero cuando el libro salió no se les mencionó como lo que eran sino que se les sumergió en la sigla ILD, la entidad que era el seudónimo institucional del vanidoso  (y avaro) De Soto.

Foto: David Vexelman

Es que la lealtad no parece figurar entre los valores de De Soto. Ya había probado eso con Mario Vargas Llosa a quien le debe, sin duda, que El Otro Sendero haya sido tomado en cuenta internacionalmente. El Nobel no sólo le prologó el libro sino que lo promocionó en el extranjero y escribió artículos destacando la labor y las ideas del economista. De Soto respondió al gesto, primero, aliándose con Fujimori, y luego, eliminando el prólogo de Vargas Llosa en las nuevas ediciones de su libro. No contento con eso llamó al escritor “hijo de puta” en un programa de esa  televisión arrodillada ante la dictadura. Una traición y una ofensa que no quedará en el olvido aunque De Soto se empeñe en calificar el episodio como un asunto superado.


Amigo de las dictaduras
Para De Soto pocos parecen ser los límites. La democracia, que tampoco figura entre sus prioridades, ha sido la gran ausente como referente de sus elecciones. En su trayectoria como autoreputado exitoso asesor económico y supuesto gurú de las transformaciones, ha prestado sus servicios a todo tipo de regimenes, incluido algunos autoritarios encabezados por líderes sanguinarios. Una rápida mirada a sus asesorías, que exhibe orgullosamente en la página web de su instituto, muestra una galería de gobernantes impresentables. Junto con algunos democráticos, figuran la Libia de Gadafi, el Egipto que manejaba a su antojo hasta hace unos meses Mubarak, el Pakistán de Musharraf, o un Kazajstán gobernado por un presidente casi vitalicio, Nursultan Nazarbayeb, entre otros.

En el Perú, De Soto empezó con una participación técnica del ILD en los gobiernos de Belaúnde y García. Fue una discreta asesoría en temas de simplificación administrativa. Más tarde sí tuvo el apetecido protagonismo que buscaba cuando se arrimó a Fujimori y lo convenció de que debía traicionar sus promesas y aplicar la receta del “shock económico” en dosis de caballo.
Cuando ocurrió el golpe y Latinoamérica aisló al régimen fujimorista, De Soto se presentó como el relacionista público internacional que podía convencer al mundo de que el derribo de la democracia se había hecho en nombre de la democracia del futuro. Fue en esas circunstancias que, con el discurso plagiado en el sobaco, De Soto volvió a sentirse el hombre providencial. Y la mueca de la dictadura terminó en la sonrisita de Las Bahamas.
Luego de ese episodio lavandero se dedicó a pasear sus ideas por diversas partes del mundo. Su teoría sobre las claves del desarrollo ha sido varias veces cuestionada por otros economistas. Algunos como Richard Webb han criticado, además, la falta de rigor para calcular cifras y la utilización sesgada de  los resultados de algunas investigaciones del Banco Mundial y otros especialistas. 
Acostumbrado a esfumarse, reciclarse y volver a venderse como un producto insuperable, su prominente figura volvió a aparecer el 2001. Esta vez ya no le interesaba ser asesor, sino directamente candidato presidencial. Al final, ni siquiera pudieron recabar el número de firmas imprescindible para inscribir el movimiento, llamado “Capital Popular”. Digamos que al candidato le faltó titulación.
Su incorporación al equipo de Keiko Fujimori  ha desatado legítimas suspicacias.  
Hernando de Soto tiene un prodigioso talento para el mercadeo. Sus ideas y la época en que se presentaron lo ayudaron a encumbrarse como un intelectual creativo y necesario para un sistema que ya empezaba a demostrar su ineficiencia para enfrentar los problemas de pobreza. Probar la eficacia del capitalismo popular era la receta ideal.
De Soto, que es Soto en su partida de nacimiento, está nuevamente en escena. K. Fujimori lo necesita, por ahora, como parte del decorado electoral. Y él sueña con ser el poder detrás del trono. Las apuestas ya corren y la pregunta del concurso es esta: ¿Cuál de los dos traicionará primero al otro?

viernes, 11 de marzo de 2011

Rápido y furioso

Su trabajo es ser comentarista y su afición es la bravuconería.  Excesivo, vanidoso y varias veces machista, Phillip Butters sembró la polémica con sus declaraciones homofóbicas. Oportunidad perfecta para escarbar en las profundidades de su "filosofía".                                                                                    

En Phillip Butters se combinan peligrosamente un ego elefantiásico y una lengua afilada. Más que un estilo directo lo suyo es una vocación por la honestidad brutal. “Yo no soy homofóbico. A esos pezuñentos que fueron a gritar en la puerta de la radio yo los he atendido de las mil maravillas y con el mayor cariño en mi programa. Pero el que se mete conmigo y con mi familia, se caga”, dice el hombre de apellido inglés y gatillo fácil. Es anti chileno, defiende a Fujimori y le gustan las corridas de toros. Implacable con sus enemigos, la traición lo exaspera tanto como la mariconada.
Tiene el ceño fruncido y parece estar siempre en guardia, preparado para responder a un ataque. Habla sin parar. Dice que no le gusta que lo ataranten y exige respeto para él, pero le cuesta dar eso mismo a los otros: “Por qué el imbécil de Carlín no va a burlarse del rabino Abraham Benhamú. ¡Ah! ¡!Porque el que le paga el mejor sueldo de su vida es un judío! La cantidad de periodistas que son homosexuales y me pegan a mí por lo que dije son una manga de cobardes. Si tanto aplauden que vayan a chapar otros, que vayan a chapar ellos”, dispara como queriendo retarlos.
Dice que todos lo apoyan en la calle y no le importa el rechazo que genera en lo que él llama la minoría de la minoría. “El 99.9% de los homosexuales del Perú están de acuerdo conmigo y esa no es una opinión sino un hecho. De todos modos yo siempre he sido así, una ladilla. No me interesa ser políticamente correcto. Y la gente me apoya porque tiene sentido común”, asegura.
Sólo cuando habla de su familia aplaca sus iras,  suaviza su tono y dibuja algo parecido a una expresión serena.   Pero cambia de inmediato al hablar de sus enemigos que ahora, más que nunca, él cree que lo acechan. “Nunca le des a tu enemigo la propia bala con la que te va a matar”, me dice para esquivar preguntas y evitar fotos con su familia. Luego niega que lo suyo tenga que ver con el temor. “Yo no sé cómo se escribe esa palabra”, aclara.
Algo que tampoco conoce es la sutileza o el fino sentido del humor. En la cabina de radio y dirigiéndose a una de sus invitadas del día, la congresista Cenaida Uribe, dice que “es casado pero no fanático” y que si cambia a su esposa rubia por una morena como ella hasta el movimiento Lundú lo aplaudiría. Sus declaraciones destempladas sobre las manifestaciones homosexuales, le están pasando factura. “Lo que pasa es que en este país está prohibido tener personalidad y decir lo que uno piensa. Acá  hay que ser suavecito, blandengue, hablar en diminutivo.  Eso me jode.”, se queja.  Entonces él, que no “edulcora” sus comentarios, navajea: “Me dicen bravucón. ¿A quién le he pegado yo? A nadie. No he lanzado el segundo golpe, todavía. Más bien el amenazado soy yo. Al que le han faltado el respeto es a mí.”
Butters, que proclama que “hay que tener respeto en todo orden de cosas”, niega ser homofóbico  pero  cuando habla de los homosexuales no puede evitar el  tono burlón. “Yo respeto incluso a un maricón, ese que es ya una castañuela. Y si es una loca desatada está bien, pero que no lo sean en el té de tías de mi mamá, pues. ¿Qué tiene que ver acá esto de los derechos humanos?,  Acá lo que tiene que ver es el Manual de Carreño”, lanza. Luego matiza con lo que él cree es un ejercicio de tolerancia. “Yo tengo amigos gays pero definitivamente los heterosexuales no son iguales a los homosexuales.  Si lo que quieren es igualarse a la mayoría, eso no va a pasar nunca”, dice.
¿Y qué pasaría si, en el futuro, una de tus hijas te dice que es lesbiana?- le digo.
 “Si mi hija el día de mañana me dice que es lesbiana vendrá a pasar la Navidad  conmigo y con su pareja sin problema pero lo que yo no voy a permitir es que se ponga a chapar en frente de la mamá ni de la abuela. Yo exijo respeto, nada más”, argumenta pero no convence demasiado. Ha  empezado su respuesta diciendo que sus hijas son sanas y felices porque “son fruto del amor y de un hogar bien constituido”. Como si la homosexualidad algo tuviera que ver con la suma o resta de estos factores.
Le tiene miedo al ridículo pero su constante autobombo como que lo deja en un terreno cercano al purgatorio. Se considera un ser humano medianamente cultivado pero el machismo le brota por los poros. Algo de lo  que, se diría, se siente orgulloso. “Yo soy machista ilustrado, con argumentos. Las mujeres tienen que ser bonitas y usar minifalda. Mi esposa es administradora de empresas pero ahora, como es lógico, se dedica criar a mis hijas. Porque uno pone sus reglas. Yo le dije: nos casamos y te olvidas del trabajo”, dice. Luego, agrega una frase delirante. “Soy un machista que las feministas deben adorar porque mi esposa vive como una reina: le doy todo lo que necesita: cariño, amor, protección, cobijo, joyas, la caliento, la enfrío”. La destinataria de tan dudosos privilegios es una arequipeña a la que Butters confiesa haber elegido porque “es dulce y suave, orgullosa, tiene estirpe y no es una hija de vecino”.
 Se jacta de esa elección tanto como de tener esquina y de su arrastre popular. “Siempre he sido el mejor pagado porque soy el que más produce. ¿Tú crees que a Rodrich los taxistas lo quieren como me quieren a mí? ¿O que a Rosa María llega a los cerros como yo llego? Yo paro el tráfico en San Isidro y en Parinacochas. Eso se llama ser multitarget. Yo soy un tipo publicitariamente bendecido”, dice desbocando otra vez su vanidad.
Pituco de barrio
Maneja un BMW, no usa medias y lleva en el dedo meñique un anillo con el escudo de  la familia Butters. De su apellido se siente tan orgulloso como de nunca haber probado drogas “porque no es cojudo”. Confiesa que  “como todos los hombres, he ido de putas. De joven y de viejo también”. Le gusta llamar la atención y siente que es un líder de opinión. Si no fuera por su exceso de peso se parecería, tal vez más de lo que quisiera, a los futbolistas nuevos ricos que crítica sin piedad.
El dinero es un tema recurrente en su conversación: lo que gana, lo que gasta, lo que quiere tener. “El dinero te da independencia, libertad. Yo no vivo para tener dinero como loco pero  no soy idiota para decir que no importa. El que piensa que no es importante será un asceta o un millonario”. Y esto último es lo que a Phillip le gustaría ser. Para lograrlo  tiene cuatro trabajos “porque la plata no llega sola” y a él le gusta la buena vida. “A mí no me ataranta la plata y el poder. Yo a todos los dueños de canal los he tratado de tú a tú. La única diferencia entre Baruch Ivcher y yo son unos cuantos millones de dólares”, dice.
Hincha declarado de Universitario, dice que en las peleas puede empatar, nunca perder.  No tiene talento musical y su sensibilidad es discutible.  “Me emociona un gol, un toro, un torero. Si yo fuera un animal quisiera  ser un toro y morir en una plaza, no en un camal. Quiero morir peleando, tratando de matar a quien me quiere matar. No hay mejor muerte que la de un toro”, asegura. Sin embargo,  no se atrevería a pararse frente a uno.
La idea de la muerte es algo que lo persigue. Su padre murió a los 42 años por un problema coronario. Phillip tiene ahora 43.  “Me da miedo no por mí sino por mis hijas. Yo sé lo que es crecer sin padre. Éramos muy unidos. El era un hombre bueno, muy compasivo, paciente, tranquilo, super educado, nunca dijo una lisura. Sus modales eran la antítesis de los míos. Era un verdadero caballero inglés. Hasta el día de hoy no ha pasado un solo día de mi vida que no me acuerde  de él. Sólo quien lo ha vivido me entiende. Mi hija hace un gesto como el que hacía mi papá y yo nunca se lo he enseñado, imagínate lo que puedo sentir”, me dice en un rapto de auténtico sentimentalismo.
Es un anti chileno convencido. “¿Tu quieres a tus enemigos, al que te roba el mar, al que te minimiza, al que te quiere invadir con sus capitales y comprar tu conciencia por plata? Yo no puedo ser pro chileno. Quieren comprar todo, pero a mí no me compran. Yo no negocio mi libertad”, dice seguramente recordando que un gerente chileno lo echó de Frecuencia Latina por sus opiniones. “Ellos quieren hacernos daño, sus cañones apuntan al cuello de mi hija, ¿y quieren que yo los aplauda?, ¿porque eso es lo políticamente correcto, porque las inversiones fluyen y el capital no tiene nacionalidad?. Eso lo dicen los imbéciles y los liberales” agrega.
Pero sus criterios sobre lo injusto cambian al hablar sobre Alberto Fujimori. “Fujimori tiene sus luces y sus sombras. Fue dictador porque el pueblo lo quiso y estuvo bien. Hizo lo que tenía que hacer. Su mayor error fue renunciar. Ahora está condenado por un supuesto. Lo que han hecho sus adversarios es victimizarlo y ahora lo más probable es que Keiko sea presidente y que la historia lo reivindique.”, pronostica. Una defensa extraña para alguien que considera que “en la traición se conglomeran los defectos más viles del ser humano: la cobardía, la deslealtad, la envidia”.
“Yo no estoy en la televisión por las mismas razones que Hildebrandt no está. La diferencia es que yo he tenido bastantes más ofertas que él. Y no sólo me han ofrecido deportes”, fanfarronea.  Muchos lo quieren, muchos lo odian. Butters hace todo lo posible  para que la polémica en torno suyo se mantenga viva. Es hijo de un caballero inglés a quien quiso mucho. Quizá no ha pensado que el mejor homenaje que podría rendirle a su padre sería imitarlo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Ninfómanas: por amor al deseo

                                                                                                           

Ávidas de  placer, siempre dispuestas a darle una alegría al cuerpo propio y ajeno, insaciables.  Así diseña la historia a las ninfómanas  y esa es la  imagen que calienta algunas  fantasías masculinas. A las mujeres modernas que disfrutan de su sexualidad sin límites ni represiones, sin embargo, el estereotipo de la devoradora de hombres parece no calzarles. Simplemente quieren probar. No están satisfechas y piden más. 

Inspiradas en las ninfas,  bellas deidades de la mitología griega que gustaban de los placeres, aquellas mujeres de temple volátil y desenfrenado deseo sexual hacia el hombre son encasilladas dentro del renglón de las ninfómanas.  Un término que desde su definición lleva al terreno de lo relativo: aquella que muestra un deseo sexual “anormalmente intenso e incontrolable”. Hoy en día hasta los especialistas reconocen que no hay reglas absolutas para determinar cuánto es demasiado.
Alfred Kinsey, precursor en el estudio del comportamiento sexual humano en los Estados Unidos, trató con ironía el asunto de la ninfomanía: afirmaba que una  ninfómana es sólo “alguien que tiene más sexo que tú”, estableciendo la condición absolutamente relativa en cuanto a los límites de la normalidad en materia de apetencias y necesidades sexuales.  Y es que en un mundo de libertad en el  ejercicio de la sexualidad, es difícil definir en qué momento querer más se convierte en patológico. Hasta el infinito puede ser saludable.
El mito, sin embargo, se ha encargado de construir biografías imposibles y hazañas que todos los García Márquez de este mundo llamarían babilónicas.
Fue Valeria Mesalina tal vez  más representativa entre las denominadas ninfómanas de la historia. La tercera mujer del emperador romano Claudio fue emperatriz y al parecer  esclava del placer, como rezan algunas descripciones que sobre ella se han escrito. Protagonista de innumerables proezas sexuales esta  mujer insaciable es aún recordada por los récords  que se le atribuyen y por su legendaria lascivia. Irving Wallace, en su libro Las Ninfómanas y otras maniacas, hace el recuento de algunas de sus más célebres historias. Una de ellas describe sus paseos constantes por las tabernas y  callejuelas en busca de hombres de toda índole. Una vez, dicen,  retó a Escila,  la puta más famosa de Roma, insistiendo en que le era posible satisfacer a más hombres en 24 horas que  su rival. Plinio el viejo apunta que “superó” a su rival “porque en el transcurso de 24 horas cohabitó 25 veces”. Digamos que se puso la varilla muy alta.
También está Cleopatra a la que cierta historia describe como  una mujer depravada y caprichosa, cruel y extravagante, una esclava de sus deseos  que pervirtió a grandes hombres de Roma: primero Julio César y luego Marco Antonio. Subió al trono de Alejandría cuando tenía sólo 17 años y fue, sucesivamente, esposa de sus hermanos Ptolomeo XIII y Tolomeo XIV. De ella se dijo que, sin ser especialmente hermosa, se mostraba sí muy segura de sus atractivos. “Poseía encanto, buenos modales, educación, inteligencia, individualismo. Poseía un aire eróticamente excitante. Poseía la habilidad instintiva de halagar y satisfacer a un hombre o la habilidad camaleónica de mostrarse esquiva o agresivamente apasionada según las circunstancias lo exigieran”, describe Wallace. Tenía  una especie de templo donde coleccionaba jóvenes robustos para los fines consiguientes. Sus incontinencias y su carácter dominante la convirtieron en leyenda.
Otra a la que se le atribuyó el tristemente célebre llamado “furor uterino” fue Paulina Bonaparte, la hermana del emperador francés. Paulina nació en Ajaccio, Córcega, el 20 de octubre de 1780, y  años más tarde se trasladó con su familia al continente francés y comenzó a hacerse notar entre los allegados al ya reputado Napoleón. Quienes la conocieron afirmaron que era de gran belleza y que todos sus defectos se concentraban en su carácter. Tal era su desenfreno que el emperador la instó a casarse para alejarla de esa vida. Según el poeta Arnauld: “Era una combinación extraña de belleza física y la más extraña relajación moral. Si era la criatura más encantadora que jamás hubiera visto, también era la más frívola”. Sus matrimonios, primero con Charles Victor Emmanuel Leclerc, uno de los mejores generales de la República, y luego con Camillo Borghese, un príncipe italiano, no la calmaron. La mujer tenía tantas joyas como amantes y nada la detenía. “Saltaba de cama en cama. Los observadores comparaban su nombre con el de Mesalina. Era sexualmente insaciable. Necesitaba de muchos hombres y necesitaba que le confirmaran constantemente que todos la consideraban arrebatadora”, dice Wallace en el libro que recopila las historias de estas legendarias maniacas del sexo. Según David Stacton, biógrafo de los Bonaparte, la ninfomanía de Paulina  “era periódica pero muy intensa.
Es o no es
Según documenta la investigadora estadounidense Carol Groneman en su libro Una historia de la Ninfomanía, la figura de la ninfómana es un mito cuya presencia ha sido constante en la sociedad occidental desde el siglo XIX, en el que, más que las evidencias científicas, ha pesado el rol social asignado a las mujeres en cuanto a su posición frente al deseo sexual. En este sentido la psicoanalista  Cristina Portocarrero afirma que esa imagen de una mujer hambrienta de placer y siempre dispuesta para el sexo es un mito machista u obedece a algún desequilibrio psicológico. “En las conductas sexuales se expresa toda la estructura de personalidad y los problemas que puede haber detrás. No es simplemente que una mujer busque un macho cada media hora para que le dé placer, porque además eso ni siquiera es real. No necesariamente hay una sucesión de relaciones placenteras, sino más bien insatisfacción”, acota.  Una opinión que comparte con la psicoanalista Matilde Caplansky. “Esta conducta descontrolada es el reflejo de una personalidad inadecuada, que usa su sexualidad para agredirse y esconder una patología grave que generalmente tiene que ver con episodios de la infancia, traumas no resueltos, necesidad de afecto”, comenta.
Entonces, ¿se trata simplemente de un placer más perseguido que obtenido? Según Portocarrero, eso es parte del mito. “La verdad es que para mujeres con esta compulsión sexual, el orgasmo  es un bien esquivo y es precisamente por eso que  se busca con insistencia”, dice.
Para  Marco Aurelio Denegri, la ninfomanía es una clasificación que no se ajusta a la realidad. “No se puede comparar la potencia sexual y la capacidad de disfrute en términos absolutos. La capacidad de respuesta orgásmica en la mujer es superior: puede tener hasta 100 orgasmos en una hora y sin necesidad de varón, sino con un vibrador. Además una persona con más experiencia suele buscar más, pero eso no es psicopatológico. Pero eso de las mujeres devoradoras de hombres es más un espejismo que una realidad, porque para lograr esas hazañas se debe tener una potencia extraordinaria inherente. Eso no es lo común y está determinado además por otros factores”.
El aumento del deseo erótico también puede tener causas orgánicas: lesiones o tumores en la zona límbica del cerebro pueden alterar la conducta sexual. “Hay un caso documentado por la sexología española, en el que una mujer pensaba y buscaba sexo  todo el tiempo, donde sea y con quien sea. Se descubrió que tenía una tumoración en el cerebro y luego de extirparse ese deseo incontrolable desapareció”, comenta Denegri.
También algunos cambios hormonales  pueden desatar una compulsión sexual aunque ese estado resulta pasajero. Lo mismo sucede algunas enfermedades  psiquiátricas. “En los trastornos maniaco depresivos, suele darse que en la fase de manía la libido se eleva y la persona presenta un deseo sexual exacerbado”, dice el doctor Mariano Querol, que afirma que en sus más de 60 años de práctica profesional nunca ha visto un caso clínico de ninfomanía.  
Las ninfómanas modernas
 Ajenas a prejuicios o culpa,  las “ninfómanas” modernas son simplemente las  mujeres  que viven su sexualidad a plenitud. Algunas usan el término con ironía y conociendo la carga de prejuicio que aún se cierne sobre ellas por su conducta diferente. Es el caso de Valerie Tasso, autora del libro Diario de una Ninfómana, en el que la palabra “ninfómana” que viene en el título, no es otra cosa que un guiño que emplea la autora para burlarse  de cómo se suele calificar despectivamente a las mujeres que tienen una fuerte pulsión sexual o carga erótica, y a las que, simplemente, les gusta practicar el sexo a menudo donde y con quien les apetece.
Pero quizás quien mejor represente esa corriente de mujeres dispuestas al disfrute pero reacias a las etiquetas, sea la francesa Catherine Millet, que a través de la literatura hace el recuento pormenorizado de sus encuentros amorosos con hombres cercanos e  incluso desconocidos. En su libro titulado La vida sexual de Catherine Millet, la  mujer afirma que en las relaciones sexuales ha encontrado una forma de comunicación con los hombres que no se le da fácilmente en otros órdenes de la vida. Según cuenta, hizo el amor en clubes privados, a orillas de las carreteras, zaguanes de edificios, bancas públicas, además de casas particulares, y, alguna vez, en la parte trasera de una camioneta. Fue una carrera que empezó a los 18 años. “Hoy soy capaz de contabilizar 49 hombres a los que puedo atribuir un nombre, o por lo menos, en algunos casos  una identidad…Pero no puedo computar a los que se confunden en el anonimato (…)”
“La mayoría de compañeros de sexo de Catherine Millet aparecen como siluetas de paso, tomadas y abandonadas al desaire, casi sin que mediara un diálogo entre ellos. Individuos sin nombre, sin cara, sin historia, los hombres que desfilan por este libro son, como aquellas vulvas furtivas de los libros libertinos, nada más que unas vergas transeúntes”, escribió Mario Vargas Llosa en una columna dedicada a este libro que Millet publicó en 2001.
Esta mujer quizá pionera ha demostrado que no sólo los varones son capaces de relacionarse de una manera ajena al apego y la emoción. Como menciona Vargas Llosa en el mismo artículo “se equivocaban quienes creían que el sexo en cadena, mudado en estricta gimnasia carnal, disociado por completo del sentimiento y la emoción, era privativo de los pantalones”. Quizá la verdadera igualdad de los sexos tenga aquí una bizarra expresión.

viernes, 7 de enero de 2011

El centenario de Arguedas

 Escritor, antropólogo, etnólogo, conocedor del Perú y sus brechas, del Perú y sus agonías. José María Arguedas es uno de las mayores representantes de la literatura peruana y la expresión más evidente de que este es una nación de todas las sangres que aún no se anima a aceptarlo.                                                                         





Soñaba con un país de todas las sangres pero vivió la agonía de quien tiene demasiados dolores que cargar. José María Arguedas quiso ser el puente entre dos mundos y terminó estando en ninguno. Libró una batalla incansable contra los malos recuerdos de su infancia pero no pudo superar  las profundas marcas que esos años le dejaron. Tenía 58 años cuando se pegó un tiro en la sien pero casi desde siempre le rondaba la idea de la muerte.

Jaló del gatillo en la tarde del 28 de noviembre de 1969, en un baño del campus de la Universidad Agraria, donde era profesor principal de la facultad de sociología.  Eligió aquel día porque “no quería perturbar la marcha de la universidad”. Tenía todo tan meticulosamente decidido que antes de emprender el viaje final dejó una carta dirigida a sus estudiantes en un intento de dar sentido a su decisión. “Profesores y estudiantes tenemos un vínculo común que no puede ser invalidado por negación unilateral de ninguno de nosotros. (...) Yo invoco ese vínculo o lo tomo en cuenta para hacer aquí algo considerado como atroz: el suicidio. (...) Creo haber cumplido mis obligaciones con cierto sentido de responsabilidad, ya como empleado, como funcionario, docente y como escritor. Me retiro ahora porque siento, he comprobado que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida. (...) Y muchos, ojalá todos los colegas y alumnos, justifiquen y comprendan que para algunos el retiro a la casa, es peor que la muerte.”

Fue el fin de una historia de depresión que empezó cuando Arguedas era solo un niño.  La temprana  muerte de su madre, cuando él tenía poco menos de tres años,  lo condenó a convivir con  una madrastra cruel y un padre siempre ausente. Desde entonces, la idea de escapar de esta vida aciaga lo persiguió sin tregua. Pero fue sólo durante sus últimos 10 años que se animó a dejar salir sus demonios y confesó públicamente los traumas que lo atormentaban. 

Parte de estas vivencias las contó, por primera vez, durante un Encuentro de Narradores Peruanos en Arequipa, en 1965. Allí habló de los maltratos y humillaciones que tuvo que soportar. "Voy a hacerles una confesión un poco curiosa: yo soy hechura de mi madrastra. (...) Como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos en la cocina, comer y dormir allí (...)”, contó el escritor.   Los abusos también venían de parte de su hermanastro Pablo Pacheco, trece años mayor que él que, entre otras atrocidades, lo obligaba a presenciar sus agresiones sexuales contra las indias. A partir de entonces, y para siempre, el sexo sería para Arguedas un asunto más ligado a la culpa que al placer.

Pero no sería esta la única huella que le dejaría el hermanastro abusivo. A él le debe su primer anhelo de muerte como liberación de las aflicciones. El autor recuerda que un día, mientras comía en la cocina de la servidumbre, Pablo entró violentamente, le quitó la sopa que estaba tomando y se la tiró en la cara diciéndole: "no vales ni lo que comes". "Yo salí de la casa, atravesé un pequeño riachuelo, al otro lado había un excelente campo de maíz, me tiré boca abajo en el maizal y pedí a Dios que me mandara la muerte", contó Arguedas.

Sin embargo, lo que llegó en esos años no fue la muerte sino una cercanía cada vez mayor con el mundo andino que lo acogió. “Los indios y especialmente las indias me vieron como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo... y me lo dieron a manos llenas. Pero algo de triste y de poderoso al mismo tiempo debe tener el consuelo que los que sufren dan a los que sufren más, y quedaron en mi naturaleza dos cosas muy sólidamente desde que aprendí a hablar: la ternura y el amor sin límites de los indios, el amor que se tienen entre ellos mismos y que le tienen a la naturaleza (…)”, dice el escritor en uno de los audios que se conservan de él y que fue incluido en el documental Hermano compañero, compañero de sangre.

En el mundo andino Arguedas encontró todo lo que la casa familiar le negaba, pero nunca logró superar su complejo estado emocional.  Carmen María Pinilla, socióloga y estudiosa del autor de Los ríos profundos por más de 20 años cuenta que fueron los indios  los que lo curaron cuando perdió un dedo de la mano derecha en un trapiche. El joven Arguedas tenía 14 años. Este incidente se sumó a los anteriores recuerdos dolorosos que terminaron por marcarlo irremediablemente. “Yo fui tocado por un gran dolor en un periodo en que lo que uno come y ve se convierte en parte de la materia carnal; mi comida estuvo espolvoreada de dolor, de orfandad y de ternura.”, le diría en una carta que escribió a su amigo John Murra, un antropólogo norteamericano, en 1967. Esta carta, junto con otras, fue compilada en el libro Las Cartas de Arguedas, editado en 1998.

Ni su matrimonio con Celia Bustamante en 1939, que terminaría tras 26 años, ni su nueva unión con la chilena Sybila Arredondo, con quien se casó en 1965, calmaron su malestar. “Extraño de manera torturante la protección dominante de mi antigua casa. La carencia de “peligro” de relaciones sexuales que allí disfrutaba; por otra parte la ruptura con Celia la he extendido a muchos amigos que gané durante el periodo de mi matrimonio con ella; esa actitud parece ser insensata, pero es inevitable, y la ausencia de estos amigos me crea un estado de soledad y desconcierto”, confesaría en otra de las cartas que le escribió a Murra en 1967. En la misma misiva completaría: “Soy del tiempo del romanticismo y lo mágico. Sybila es, en cambio, acerada y sensible a la vez. Si logro despegar, reintegrarme, puedo escribir algo de veras interesante. Por ahora la falta de sueño, la forma punzante, demasiado honda con que las preocupaciones me alarman y me quitan el sueño, y hasta la capacidad de reflexión, me tienen atado”.
 
Para el crítico literario Ricardo Gonzáles Vigil es importante distinguir al hombre depresivo del escritor. “El mensaje de su obra es esperanzador, no hay frustración. Su obra, aún ahora, rompe los esquemas del lenguaje y ofrece un vitalismo único. Tiene mucha belleza poética. Arguedas tenía una sensibilidad muy lírica y una inteligencia muy lúcida, pero como ser humano sentía la duda de si iba a poder servir para ayudar a ese cambio social que él veía posible. Se sentía sin fuerzas  y temió no poder ser ese  escritor que  guía a  su sociedad  y hasta está un poco adelantado a ella”, dice.  Algo que parece confirmarse en las palabras del propio Arguedas en una de las cartas que escribió en 1968: “A veces siento como que las cosas cambian con tal velocidad que la adaptación es cada vez más difícil y hasta dolorosa.”

Consciente de que la angustia se manifestaba cada vez con más frecuencia, buscó ayuda médica y estuvo por muchos años en terapia. Hasta cuatro psiquiatras diferentes lo atendieron, e incluso lo medicaron,  pero fue con la chilena Lola Hoffman – a quien Arguedas  llegó a llamar Mamá Lola- que entabló su más cercana relación. A ella le confesaba que iba  quedándose sin fuerzas. “Estoy luchando con tremendo esfuerzo y me siento perplejo por dentro. No sé a dónde iré a parar. Lo que me sostiene es mi fervor por el Perú y por el ser humano entre quienes hay ejemplos maravillosos de fortaleza, generosidad y sabiduría como el suyo”, le diría en una carta en marzo de 1967. 

Tras su intento de suicidio en 1966, fue ella quien le recomendó escribir para superar la que sería su última crisis depresiva. Así empezó con El Zorro de arriba y el zorro de abajo, una novela en la que intercala una historia de ficción con los cuatro diarios que detallan el doloroso proceso de luchar contra esa fiera  que lo acechaba sin tregua.

Pero el pensamiento de muerte estaba tan cercano que ya en el primer diario Arguedas escribía sobre el método que debería seguir para eliminarse. “Hoy tengo miedo, no a la muerte misma, sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras –que me dijeron que mataban con toda seguridad- producen una muerte macanuda cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera.”

Así a lo largo de la novela va detallando su angustia frente a lo que considera la irremediable pérdida del “tono de vida”. “Estoy escribiendo nuevamente un diario, con la esperanza de salir del inesperado pozo en que he caído, de repente, sin motivo preciso, medio devorado por el despertar de mis antiguos males que esperaba estallarían en iluminación al contacto de la mujer amada. Pero ella vino entre muchos truenos, duelos y relámpagos”,  escribió en el tercer diario.

Según Carmen María Pinilla en su decisión de suicidarse intervinieron muchos factores, pero los personales fueron decisivos. “Pesó mucho su pasado y los elementos inconscientes, el hecho de que su matrimonio estaba deteriorado, sus amigos se alejaron y se sintió un poco solo en su tarea de cambiar el mundo. Además, su psicoanalista chilena Lola Hoffman también cayó en depresión a causa de la muerte de su pareja sentimental y la perdida de un ojo. Entonces Arguedas sintió que el punto de  apoyo que había sido para él  esta mujer también estaba perdido”, dice.

Aunque  sus amigos lo recuerdan como un hombre que podía alegrarse, no niegan que había algo en su estado emocional que por momentos lo desvinculaba de la vida. Era insomne y depresivo desde hacía mucho tiempo.  El músico Jaime Guardia, amigo del escritor desde 1951, compartió con Arguedas viajes, trabajo y el amor por la música andina. “No lo recuerdo como un hombre triste. A veces sí estaba pensativo y nos contaba de sus crisis de nervios pero también se reía. Bailaba y cantaba huaynos. Entre los indios se sentía feliz.  La última vez que lo vi fue dos días antes de su muerte. Fue a la Casa de la Cultura a visitarnos y nos saludó a todos como siempre.”, recuerda. Seguramente para ese momento la decisión de matarse ya estaba  tomada.

Poco antes de concretar el escape final, escribió  algunas de las cartas que dejaría a sus amigos, al rector de la universidad y una  que dirigió a su esposa Sybila: “¡Perdóname! Desde 1943 me han visto muchos médicos peruanos, y desde el 62, Lola, de Santiago. Y antes también padecí mucho con los insomnios y decaimientos. Pero ahora, en estos meses últimos, tú lo sabes, ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte, y tú has de comprender y, finalmente, aprobar lo que hago.”

Y entonces terminó con la angustia definitivamente. Perdió la batalla contra sí mismo aquel viernes de noviembre tal como lo previó en sus escritos. “He luchado contra la muerte o creo haber luchado contra la muerte, muy de frente, escribiendo este entrecortado y quejoso relato. Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido”. Y venció cuando ella quiso, incluso en el instante final. José María Arguedas murió cuatro días después de su voluntario disparo, el 2 de diciembre de 1969.

Arguedas peleó en vida contra dos  males igual de implacables: los de su alma y los que afectaban al Perú. Nadie ha representado como él  las contradicciones de la sociedad peruana. Su personalidad singularísima, enriquecida(o atormentada) por el sufrimiento, lo hicieron más sensible para  entender al Perú real que los demás ignoraban.  Su obra es la síntesis de esa biografía cargada de dolor,  su talento y la época que le tocó vivir. Su figura y su mensaje permanecen aunque ahora exista el intento de ponerlo en segundo plano, postergado como los indios que lo acogieron en su exilio interior.